Al final se hizo la luz (Autor: Jorge López)



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Al final se hizo la luz

(Autor: Jorge López)

Andrés quiso volver al lugar de los hechos. Sería la inspiración para su nueva novela. Habían transcurrido treinta años pero aun recordaba nítidamente lo que allí sucedió cuando él tan solo era un niño.

Aquellas vacaciones en Bielsa hubieran podido ser las mejores de su vida de no haber sucedido aquello. Recuerda, como si fuera ayer, el interrogatorio al que fue sometido en el cuartel de la guardia civil. Él solo dijo que había visto una mujer muerta en un claro del bosque. Lo que no contó fue que, al acercarse a ella, ésta le miró y extendió un brazo, seguramente en petición de ayuda. Aterrado, echó a correr para contárselo a sus padres. Siempre recordaría aquella mirada y esas manos crispadas.

Cuando la Guardia Civil se presentó en el lugar del hallazgo, encontraron el cuerpo sin vida de una anciana a la que los lugareños apodaban “María la bruja” pues eran muchos los que creían que tenía poderes de los que más valía protegerse. Aún así, la mujer recibía frecuentes visitas de los habitantes del pueblo y sus alrededores.

La autopsia reveló un traumatismo cráneo-encefálico que debió de producirle la muerte casi instantánea. El informe oficial concluyó que María debió de resbalar, golpeándose contra una piedra de grandes dimensiones que apareció junto a su cuerpo manchada de sangre. Caso cerrado.

El verano siguiente, Andrés quiso visitar la tumba de María, que finalmente halló fuera de terreno sagrado. Una tosca lápida de piedra enmohecida y cubierta por yerbajos, indicaba el lugar donde descansaban sus restos mortales y en la que, por toda inscripción, se podía leer: María Moreno Salazar (1904-1984)

Andrés nunca olvidó aquel suceso y ahora, ávido por hallar un argumento para su novela, pensó que la historia de “María la bruja” podría servir para ese relato de intriga que siempre había querido escribir. Retroceder en el tiempo sería el acicate para su inspiración, últimamente un tanto mermada. Así pues, Andrés decidió volver al Sobrarbe e instalarse en Bielsa para que le hablara del pasado.

De camino hacia su destino hizo un alto en Abizanda, junto al embalse del Grado, con su inconfundible torre del castillo que, construida sobre un peñasco, hace de vigía pétreo del valle del Cinca. Como todavía era temprano, visitó su Museo de Creencias y Religiosidad Popular, donde pudo contemplar una amalgama de símbolos y objetos mágico-religiosos que, hasta no hace mucho, los lugareños utilizaban para protegerse de los males originados por la naturaleza o por poderes ocultos.

Picado por la curiosidad, adquirió un libro en el que se describían hechos sobre brujas, hechizos y creencias antiguas de Aragón1 y que prometía serle de gran utilidad para lo que pretendía narrar. Al término de su visita, habiéndosele hecho demasiado tarde para llegar de día a Bielsa, decidió hacer noche en L’Ainsa.

Esa noche, a orillas del rio Ara, Andrés no podía imaginar que ese libro que tenía en sus manos le revelaría que María Moreno Salazar fue realmente una bruxa. Ya tenía material para su novela. Ahora solo le faltaba indagar en el pasado de aquel pueblo y de aquella mujer para ilustrar lo que realmente sucedió en 1984.

A la mañana siguiente llegó a Bielsa, donde permanecería el tiempo necesario para reunir material suficiente. Solo esperaba que, entre sus habitantes, hubiera quien estuviera dispuesto a colaborar. De momento tenía que acabar de leer aquel libro que le retrotraía hasta tiempos que no sabía si considerarlos realmente remotos.

A medida que avanzaba en su lectura, Andrés iba recordando haber visto algunos objetos que en aquella obra se describían y que, en su ignorancia, no había interpretado como lo que eran: amuletos contra el mal. Ahora, paseando por el pueblo y alrededores, comprobaba que seguían en su lugar: espantabruxas en lo alto de las chamineras, pezuñas de craba y garras de aliga, ramas de olivera o flores secas de cardo en el llamador de las puertas o una cruz grabada en la madera, todo ello para proteger la vivienda y sus ocupantes del mal. Vio, en un campo de labranza, lo que se conocía como Piedras de Rayo2, el mejor de los amuletos para proteger a las cosechas y a los pastores contra la tormenta conjurada por el poder de la bruxa pirenaica.

Si Andrés hubiera seguido buscando, habría encontrado hachas, o astrales, o tijeras en forma de cruz apuntando hacia el cielo. Y haciendo memoria, ahora que era conocedor de estas creencias, entendía el significado de aquellas cruces marcadas sobre las brasas apagadas que había visto de niño en la chimenea de algunas casas.

Andrés no necesitaba más evidencias para convencerse de que se hallaba en el lugar idóneo para desarrollar la historia que esperaba contar. Aquella mujer no era una anciana moribunda que le pedía auxilio; ahora comprendía lo que era y el significado de aquel gesto que tanto le asustó. Según acababa de leer, las brujas transmitían sus poderes a niños y niñas tocándoles justo antes de expirar. Mira por dónde, su cobardía le había salvado de contagiarse de lo que fuera que aquella bruja le quería transmitir. Ahora entendía también por qué halló su tumba fuera del camposanto: María era una verdadera bruja y, como tal, no podía ser enterrada en lugar sagrado.

El libro relataba que existieron mujeres, conocidas como bruxas, que eran, en realidad, sanadoras y conocedoras de las propiedades medicinales de plantas, a las que la gente acudía para obtener un remedio a una enfermedad. Pero también afirmaba que en el antiguo Aragón existieron brujas “auténticas” perseguidas y condenadas como tales por la Inquisición. ¿En cuál de esos dos grupos encajaba María? Todavía faltaban algunas respuestas: Si María fue en verdad una bruja y la asesinaron por ello, ¿quién lo hizo?, y si no lo era, ¿qué mal había podido hacerle al asesino una simple curandera? ¿Conocía alguien la identidad del asesino?, y de ser así, ¿por qué no lo habían denunciado? ¿Era correcto el informe oficial sobre la causa de la muerte o fue falseado? Por alguna parte tendría Andrés que empezar para resolver estas incógnitas.

Andrés decidió hablar con las gentes del lugar pero nadie sabía, o decía no saber, lo que aconteció en realidad. Lo que estaba claro era que muchos creían en los poderes ocultos, ya en forma de bruxa, bruxón o, peor aún, de Diaple. Pero Andrés solo pretendía descubrir los hechos y al culpable de aquella muerte. No sería tarea fácil. Si alguien conocía lo ocurrido, lo más probable era que se llevara el secreto a la tumba. Solo dos personas podían ayudarle. ¿Qué había sido del cabo de la Guardia Civil que le interrogó? Quizá podría arrojar un poco de luz a ese turbio asunto. Y luego el párroco, el padre Ángel creía recordar que se llamaba. Pero el cura ya debería ser muy anciano. La cuestión era saber si ambos seguían vivos y, de ser así, dónde podía encontrarlos.

Andrés pensó que iba por buen camino. Tenía ya un esbozo de su novela pero podía quedar en papel mojado si no conocía los hechos tal como ocurrieron. De lo contrario tendría que recurrir a la invención pero él quería dar credibilidad a su historia.

En el ayuntamiento le informaron que Morales, el cabo y comandante del puesto de la Guardia Civil en 1984, se fue a vivir a Biescas, donde compró una casita, y que a Don Ángel, la Diócesis de Huesca le había trasladado a la residencia sacerdotal de Jaca. Desde que ambos abandonaron el pueblo, no habían sabido nada más de ellos. No podían confirmarle que siguieran vivos. Tendría que comprobarlo por sí mismo. No era esa una tarea complicada teniendo en cuenta que ambas poblaciones están a unos 30 Km de distancia entre sí y a una hora y media en coche desde Bielsa. Así pues, Andrés se trasladaría, de inmediato, a Jaca. Aquella noche estaría muy cerca de sus necesarios colaboradores, si es que estaban vivos y, lo más importante, dispuestos a contarla.

A la mañana siguiente de su llegada a Jaca, Andrés decidió ir primero al encuentro de Morales, en Biescas. Allí donde esperaba ver una casita modesta, había un elegante chalé. Aquello no pudo salir del salario de un cabo de la Benemérita. Tras llamar al timbre, el hombre que le abrió y le inspeccionó interrogativamente, le retrotrajo a aquel verano del 84 y al lúgubre despacho del cabo Morales.

Andrés le expuso el objeto de su visita. La cara de Morales fue transmutando a medida que aquél avanzaba en sus explicaciones hasta una expresión de ira.

―¿Acaso insinúa que falseé el informe oficial? –le contestó a voz en cuello cuando Andrés le preguntó si creía realmente que lo que decía sobre la causa de la muerte de María se ajustaba a la realidad.

«Esa mujer falleció accidentalmente, a causa de un fuerte golpe en la nuca, y no hubo otra explicación plausible –añadió, iracundo.

«Pero ¿usted está loco o qué? –le replicó ante la sospecha de Andrés de que hubiera podido ser asesinada por ser una bruja-. Eso no son más que supercherías. Ha leído muchas novelas. ¡Escritor tenía que ser! –le espetó antes de invitarle a marchar.

Cuando la puerta se cerró ante sus narices, Andrés vio algo en lo que antes no había reparado: en lo alto de la puerta había grabada una cruz y un número: 2005. Y en el marco opuesto un recuadro con una imagen en color del Sagrado Corazón.

Al llegar al hotel, Andrés buscó entre la bibliografía que había ido acumulando sobre brujería. Un artículo sobre creencias y supersticiones en los pueblos del Sobrarbe, decía: “En ellos aparecen diversos tipos de signos protectores en las puertas de sus casas: vegetales, animales y cristianos” Y en el apartado dedicado a estos últimos se detallaba: “Cruces grabadas en la madera de las puertas, con un recuadro, debajo de la cruz, en el que figura el año de instalación de la puerta en la entrada de la casa (…), detentes de hojalata, rectangulares, que tienen una representación polícroma del Sagrado Corazón de Jesús, clavados en la puerta…”3

Si Morales tenía en su casa dos de los amuletos contra la brujería, es que creía en brujas y podía haber creído que María lo era y por ello habría encubierto su asesinato. Y de ser así, quizá conociera la identidad del asesino. Tendría que volver a hablar con él. De momento, iría a visitar al pare Ángel, si es que todavía estaba entre los vivos.

―El padre Ángel tiene Alzheimer -le dijo el celador-. Tiene momentos lúcidos pero otros…. Pero pase, pase, que le acompaño al jardín, donde debe estar ahora mismo. No sé cómo le encontrará hoy pero puede intentar hablar con él.

Una vez en el jardín, el hombre le señaló a un anciano que, sentado en un banco y vestido con sotana, parecía dormitar.

―¿Padre Ángel? –le dijo Andrés, inclinándose para quedar a la altura de unos ojos acuosos que parecían no mirar a ninguna parte.

Andrés se esforzó para que el viejo cura entendiera lo que le fue relatando con la esperanza de que aquél fuera uno de sus momentos receptivos. Sin embargo, solo obervó alguna que otra mirada de soslayo como queriendo reconocer quién era aquel joven que le contaba todo aquello. Cuando, perdida toda esperanza, Andrés se disponía a abandonar el jardín, oyó que el hombre mascullaba: “Pobre María, que Dios la tenga en su seno. Yo no sabía nada. Lo supe después. Que Dios me perdone”. Inútiles fueron los esfuerzos de Andrés para que el padre Ángel volviera a conectar con la realidad. Por mucho que lo intentó, su mente se instaló nuevamente en el limbo.

¡El padre Ángel lo sabía! María fue una víctima inocente y que él lo supo cuando ya era demasiado tarde. La historia daba un giro y la teoría de Andrés viraba hacia otro rumbo: María era una curandera pero, creyéndola bruja, alguien acabó con ella. El cura, tomándola también por bruja, la hizo enterrar fuera de sagrado. Pero ¿cómo y cuándo lo supo? La única respuesta era que el asesino hubiera confesado su pecado al sacerdote, y éste, obligado por el secreto de confesión, guardara silencio. Pero ¿qué papel jugó el cabo en toda esta historia?. Interrogaría al cura, esperando que la lucidez regresara a su mente. El celador le llamaría cuando tuviera indicios de ello.

Entretanto, Andrés contactó con un amigo periodista de investigación para que le consiguiera información sobre Morales. En menos de 48 horas, recibía un correo facilitándole los siguientes datos: Morales, casado con Luisa Rodríguez Ruiz y sin hijos, recibió, en agosto de 1984, una transferencia de diez millones de pesetas; el remitente fue un tal Feliciano Rodríguez Ruiz; la casa donde ahora vivía Morales la mandó construir a principios del 2005; Feliciano, casado y padre de cinco hijos, abandonó el pueblo, con toda su familia, en 1985, instalándose en Barbastro; el matrimonio falleció años después en un accidente de automóvil cuando volvían de pasar unos dias en Ainsa.

Así que en aquel fatídico verano de 1984, el cabo Morales recibió una importante suma de dinero de un hombre que, por sus apellidos, era sin duda su cuñado quien, al cabo de un año, se marchó del pueblo con toda su familia.

Andrés iba desarrollando su historia en base a esas informaciones, pero todavía no acababan de encajar todas las piezas. No sabía con qué excusa volvería a visitar a Morales y el celador no llamaba. Hasta que llamó. La alegría inicial de Andrés se tornó en pesar cuando el hombre le comunicó que el padre Ángel había fallecido. Se acababa de esfumar una oportunidad única para esclarecer hechos fundamentales. Antes de colgar, sin embargo, el celador añadió: “Pero ha dejado una nota para usted”.

Aquella carta era una confesión hecha en un momento de lucidez y arrepentimiento. Sintiéndose morir, el viejo cura debió pensar que, como ya nada le ligaba al secreto de confesión, qué mejor acto de contrición que revelarlo todo a aquel joven que parecía necesitado de conocer la verdad. ¿Sería algún pariente de María?

Con la confesión del sacerdote escrita de su puño y letra, ahora sí que Andrés tenía motivos para hacer una nueva visita a Morales y esperaba que esta prueba y la confesión que de él pudiera obtener, aunque fuera a base de chantaje, podría dar por zanjada la verdadera historia de María.

Cuando Morales acabó de leer la confesión del padre Ángel, no tuvo más remedio que contar su versión de los hechos. Ya no era el mismo hombre iracundo de días atrás. El remordimiento le había corroído las entrañas. La necesidad de desahogarse, la confesión de su respetado padre Ángel y la promesa de Andrés de no denunciarle por encubrimiento y aceptación de soborno que, aun habiendo prescrito, le acarrearían descrédito y humillación, hicieron que Morales relatara lo que tanto tiempo llevaba callando. Tras devolver a Andrés aquella carta manuscrita, emitió un profundo suspiro de resignación y, con la mirada extraviada hacia un punto en el pasado, inició una larga exposición de lo ocurrido aquel verano.

Feliciano, el hermano de su mujer, hombre de mal carácter y fuertes convicciones religiosas, halló, por azar, un frasco que levantó sus peores sospechas. Intuyendo que su mujer visitaba a la curandera, quiso saber qué era aquella pócima. Ante el silencio de su esposa, Feliciano, fuera de sí, le obligó a confesar que María le había preparado un bebedizo para evitar quedarse embarazada. ¡Al fin y al cabo ya tenemos cinco hijos! -le dijo la mujer, entre lágrimas.

La visita de Feliciano a la vieja María empezó con furiosos reproches sobre sus prácticas contrarias a la Ley de Dios, para terminar, vista la desvergüenza y burlas de aquella hereje, con serias amenazas de denunciarla como lo que era: una bruja.

Aquella noche, una terrible tormenta arrasó cultivos y derribó árboles frutales, siendo Feliciano el más perjudicado. Según él, aquello no podía ser más que la maldición de esa bruja como venganza a sus insultos y amenazas de la tarde anterior.

Compartidas sus sospechas con Morales, éste le previno de que fuera con cuidado pues si aquella mujer tenía, en verdad, poderes malignos, la cosa podría ir a peor. No obstante, para salir de dudas, le propuso que hiciera una prueba para desenmascararla. De corroborar su condición de bruja, pondría el caso en manos del cura y que fuera éste quien decidiera qué hacer. La prueba consistía en poner una ramita de romero en la puerta de la vivienda de María. Si se agitaba al aproximarse la sospechosa, ello significaría que se trataba de una verdadera bruja. Aquella noche, Así pues, Feliciano puso el experimento en práctica y esperó, oculto, el resultado.

―Cuando me lo refirió, ninguno de los dos tuvimos en cuenta que el viento que seguía azotando el pueblo esa noche podía haber sido el causante de que aquella ramita se agitara tan violentamente como lo hizo cuando la mujer fue a abrir la puerta. Ahora puede parecer una obviedad pero entonces, ofuscados como estábams, no se nos ocurrió –admitió Morales-. Luego todo fue tan rápido… No pensé que Feliciano pudiera hacer lo que hizo. Me lo contó a la noche siguiente, cuando se presentó en casa muy agitado.

Feliciano, guiado por su deseo de venganza, la siguió, a la mañana siguiente, hasta el bosque y le propinó tres golpes en la cabeza, pues, según contaban, a una bruja no se le puede dar un número par de golpes, pues el primero la hiere pero el siguiente la sana4.

―Cuando nos lo contó, yo no sabía qué hacer y mi mujer no paraba de llorar rogándome que no le denunciara. Quise contárselo al cura pero al final decidí callar, dejando que pareciera un accidente. Cuando vi que el padre Ángel daba por sentado que aquella muerte había sido un castigo divino, dejé que la gente lo creyera así.

“Fue algo más tarde cuando mi cuñado vino a verme de nuevo y me dijo que no había podido soportar más los remordimientos y que lo había contado todo en confesión. Unas semanas después el padre Ángel se presentó en el cuartel diciéndome que no podía revelar al pecador pero que había tenido conocimiento de que la muerte de María no había sido accidental y que, como autoridad, debía investigar el caso. Sabiendo que el asesino era mi cuñado, ¿cómo podía pedirme aquello? Debió pensar que yo lo desconocía y que, de hallar al culpable, me vería obligado a detenerlo, fuese quien fuese, y él quedaría en paz sin haber tenido que romper el secreto de confesión.

Según siguió refiriéndole Morales, cuando fue a ver a su cuñado para contarle lo que le había pedido el cura, aquél le suplicó que no lo hiciera, que no le descubriera, por su mujer y sus hijos. Viendo la duda de Morales, acabó por ofrecerle una considerable suma de dinero a cambio de su pasividad. ¿De qué serviría contar la verdad?, pensó Morales. Solo para arruinar a una familia, de la él también formaba parte. Luisa, su mujer, acabó por convencerle; siempre habían pensado en una jubilación placentera y vivir sin problemas económicos. Al fin y al cabo, ya no se podía hacer nada por María. “Esa mujer era una bruxa; si mi hermano no la hubiera matado, lo habría hecho otro tarde o temprano,” le dijo, para persuadirle.

―Así fue cómo sucedió todo –le dijo Morales, irguiéndose por primera vez desde que empezó su relato-. De vivir mi mujer, no se lo hubiera contado pues también tuvo parte de culpa por lo que hice. Ahora solo le pido que no se lo revele a nadie.

―Pero yo he venido precisamente a escribir esta historia –le replicó Andrés.

―¿No creía usted en todas esas cosas supercherías? Pues escriba lo que pensaba escribir: la historia de una bruja que acabó sus días en manos de los aldeanos de un pueblo a los que tenía atemorizados, mire usted si es fácil -le dijo con cara de súplica.

―Lo pensaré, algo se me ocurrirá –fue lo que Andrés contestó antes de despedirse dejando al hombre en la oscuridad que había llegado con el fin de la historia.

Habían transcurrido tres meses desde que llegara hambriento de información y ahora se iba con sed de justicia. Andrés no denunciaría a Morales, allá él con su conciencia. Además, de poco serviría. Escribiría todo tal como sucedió pero utilizando nombres falsos aunque dentro de la zona pirenaica del Sobrarbe. Eso era irrenunciable. Pero se le planteaba una disyuntiva. Tenía la novela esbozada en base a la brujería y la historia de una bruxa en los años ochenta tendría más gancho que la realidad. El ocultismo y lo esotérico vendía mucho, podía llegar a ser un best seller.

Al cabo de un año, “La historia de una bruja del Siglo XX”, se publicaba con un gran éxito de ventas y un gran revuelo. Tras su lanzamiento, en un artículo del Heraldo de Aragón, un tal José Antonio Díez, un periodista de investigación, decía haber reclamado la reapertura de un caso de asesinato de una mujer, María Moreno Salazar, acontecido en agosto de 1984 en la localidad oscense de Bielsa. El artículo concluía que “debido al fallecimiento del asesino, la falta de de pruebas concluyentes y la prescripción del delito, las autoridades no parecían dispuestas a llevar a cabo ninguna diligencia pero que, no obstante, era de justicia limpiar la memoria de una inocente y…”

Cuando Andrés leyó el artículo no pudo más que torcer el gesto en señal de contrariedad. Ya que él no había sido capaz de hacerlo, otro intentaba que se le hiciera justicia a María y éste no era otro que aquel viejo amigo que le ayudó a reunir pruebas.

Hoy, de vuelta a Bielsa, Andrés ha visitado la tumba de aquella mujer inocente de brujería pero culpable de intentar sanar con medicinas ancestrales. Donde hasta hacía poco había una burda lápida en el suelo, hoy no hay más que tierra removida. Dentro del recinto del cementerio hay ahora un pequeño panteón que alguien ha mandado construir y en cuyo interior una lápida de mármol lleva grabado el siguiente epitafio:

María Moreno Salazar



L’Ainsa, 28-04-1904 - Bielsa, 10-08-1984

Una larga y solitaria vida que se apagó por culpa de la ignorancia ajena

Pero al final se hizo la luz

Descansa en paz

1 Chema Gutiérrez Lera. Breve inventario de seres mitológicos, fantásticos y misteriosos de Aragón. Ed. Prames, S.A. 1999.

2 Conocidas también como ceraunias, es el nombre que se les da a ciertas piedras con forma puntiaguda consideradas por diversas culturas como objetos de origen celeste y con propiedades mágicas, recibiendo este nombre por la creencia de que eran producidas por los rayos al caer a la tierra.

3 Puerto, José Luis. Signos protectores en las puertas del Pirineo Aragonés. Revista de Folklore. Fundación Joaquín Díaz. Nº 120, Año 1990, pp. 189-194.

4 Chema Gutiérrez Lera. Breve inventario de seres mitológicos, fantásticos y misteriosos de Aragón. Temas aragoneses. Ed. Prames, S.A. 1999, pp. 42-43.



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