El viaje a grecia



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EL VIAJE A GRECIA

Manuel Merlo y Gonzalo Trespaderne

Capítulo 1

"Pasajeros del vuelo de Olympic Airways cero, uno, cero, con destino a Atenas: pueden iniciar su embarque por la puerta b 32". 



Charo escuchó atentamente las indicaciones que habían interrumpido la melodía del hilo musical proveniente del techo. Aún de puntillas acentuó el aspecto gótico de su mirada con más sombra de ojos frente al espejo corrido de aquel luminoso y frío lavabo de aeropuerto. Luego se mojó el cuello con las yemas de los dedos, orientó la tobera del secador de manos hacia el pecho, apretó el pulsador que lo hizo funcionar y alzó los brazos. 

En el excusado que había a su espalda sonó media descarga de la cisterna, se abrió la puerta y apareció Aurora. 

-¡Chari, pareces la niña del exorcista! -le gritó a su amiga. 

-¿Qué? 

-¡Que guardes todo lo que tienes ahí encima, que nos han llamado! 

Charo recogió rápidamente sus pertenencias, miró en el espejo a quien tenía detrás y exclamó: 

-¡Pero qué guapa estás con el pelo corto! 

Aurora había ido a la peluquería dos días antes. Se había decidido a cortar el pelo tras un año entero dejándolo crecer y todas sus amigas coincidían en que había acertado. Lo cierto es que el cambio realzaba la belleza natural de sus suaves rasgos faciales y estilizaba su armónica silueta. 

-Gracias, mi niña, pero no es a ti a quien tengo que gustar -sonrió mientras se soltaba otro botón de la camisa. 

Charo, que había hablado hacía apenas diez minutos con el sujeto en cuestión, quiso hacer de consejera sentimental una vez más: 

-Pasa de él. Lo único que quiere en este viaje es olvidar la historia que ha tenido con esa tía tan rara y divertirse un poco... 

Aurora se sintió complacida con lo que acababa de oír y pensó para sus adentros: "claro, y yo voy a ayudarle". 

-Nena -volvió a decir Charo-, tengo que entrar otra vez, que con los nervios... 

-Venga, no tardes, que se van sin nosotras. 

Se oyó cómo la chica subía la tapa, y se bajaba los pantalones. Acto seguido, mientras Aurora se refrescaba las manos, la escuchó de nuevo: 

-Oye, ¿has visto lo que pone aquí? -No. 

-Estás mintiendo. 

Charo abrió, atrajo la puerta hacia ella, señaló con la mirada una frase escrita con lápiz de labios, y volvió a preguntar: 

-¿De veras que no lo has escrito tú? 

Aurora leyó: 

"Pensáis escapar de vuestros problemas yéndoos de viaje. Y ellos partirán tras vosotros". 

-Yo no tengo pintalabios de ese color -aclaró mientras pasaba un dedo sobre la primera letra de la frase. 

-Ay, Auro, que estas cosas me dan yuyu. 

-No seas tonta. Esto es alguna mujer que ha puesto los cuernos a su pareja o está muy agobiada con su vida y se va muy lejos. Se ha encerrado aquí antes de marchar y ha expresado lo que siente. 

-Que no, Mari, que esto es una señal. 

-¡Ah, fantasma de la terminal, manifiéstate si estás ahí! -bromeó Aurora-. ¿Ves? Nada por aquí, nada por allá, así es que vámonos ya, que perdemos el avión. 

Las dos chicas salieron a la sala en la que esperaba el grupo de cuarenta a un lado del mostrador en el que dos señoritas uniformadas comprobaban los billetes de las personas que aguardaban para acceder al pasillo tubular que les llevaba a la aeronave. 

Había llegado el gran día, el 2 de mayo señalado en los calendarios escolares, agendas de los teléfonos móviles y almanaques de las habitaciones del alumnado de primero de bachillerato allí reunido. Meses y meses de venta de lotería de navidad, polvorones, camisetas, números para la rifa de un ciclomotor. Pactos y más pactos con los padres y las madres del tipo: "vosotros me dejáis ir al viaje de estudios y yo apruebo matemáticas, inglés, lengua" o "no os pido nada para los reyes ni las vacaciones y me metéis en la libreta lo que tuvierais pensado gastaros conmigo". Una especie de contrato por el que se comprometían con el profesorado acompañante a realizar todas las visitas culturales previstas y a entregar un cuaderno con las explicaciones que fueran recibiendo en ellas (que debían completar de regreso a casa). Todo esto y tres interminables reuniones para decidir el destino: en la primera, las alumnas que ejercían de líderes en el grupo de Ciencias Naturales y en el de Ciencias Sociales B, intentaron imponer las opciones Tenerife o Palma de Mallorca; en la segunda, ante la negativa de la mayor parte de sus compañeras y compañeros a lo que consideraban "irse de botellón y discoteca una semana entera", propusieron turismo multiaventura en Asturias o el Pirineo, pero tampoco tuvieron éxito; en la tercera y definitiva, tras un largo debate que comenzó caóticamente y poco a poco fue convirtiéndose en aceptable, la opción de consenso terminó siendo Atenas y las Islas Griegas. 
Seis meses después allí estaban todas y todos: más despiertos que ninguna otra mañana del curso, unidos en la misma causa: disfrutar al máximo de la experiencia que sabían que iba a constituir el mejor recuerdo de su paso por el instituto, rabiosamente contentos, dispuestos a derramar un torrente de energía allí por donde pasaran. 

-¿Cómo es que no estáis en la cola? -preguntó Charo a una compañera de clase. 

-Es que Constante ha tenido que ir a buscar a Luis, que ya se ha metido en un lío. Nos ha dicho que esperemos aquí, sin movernos. 

-Jo, pues si que empezamos pronto. 

-Helena está ahí, hablando con el del walkitalki. 

Helena era la profesora de francés responsable, al igual que Constante, de la expedición. Aquella joven parisina, peinada a lo garçon, de aspecto sofisticado y carácter inquieto, había aprobado las oposiciones ese mismo año y no perdía la ocasión de apuntarse a cualquier curso de formación, grupo de trabajo, actividad extraescolar o experiencia educativa que le hiciera conocer mejor los entresijos de la práctica docente. Aunque las malas lenguas rumoreaban que si se volcaba tanto en su profesión era porque acababa de dejarlo con su novio y necesitaba tener la cabeza ocupada. 

Constante era algunos años mayor que Helena. Mediana estatura, fornido, serio -al decir del alumnado, si bien con un punto de ironía y sentido del humor que le atemperaba y hacía más accesible-. Vestido siempre con ropa como le gustaba decir "con la que lo mismo puedas ponerte a jugar al balón en mitad de la calle, que entrar a comer a un buen restaurante". Vivía en un cortijo en el monte a una media hora de la localidad costera en la que trabajaba, cuando no se hallaba perdido por la sierra o viajando sin rumbo fijo. 

"No pegan para nada" -fue el veredicto de Charo el día que se enteró de que les habían visto asistir juntos a una función de teatro-. Ella tan fina, tan educada; él, más bruto que un arado, con los trekking siempre llenos de polvo o de barro... y los ingleses bien dicen que a un hombre siempre se le conoce por su coche y sus zapatos". 

"Pero es un tío sensible -le corrigió entonces Aurora-. Tiene perro, lee mucho, escribe poesía..." 

Apareció al fondo del corredor con el alumno que, por lo que comentó a continuación sólo a sus allegados, había intentado salir de la tienda duty free, sin pasar por caja y sin mostrar el carné de identidad, con una botellita de güisqui debajo de la sudadera. 

"Daos cuenta de lo que ha pasado -explicó el profesor en voz alta-. Por la gracia de uno de vosotros hemos tenido que estar esperando los demás. Y menos mal que los guardias aquí han sido comprensivos y nos han dejado marchar sin darle más vueltas al incidente. Pero si esto pasa en Grecia, igual nos tienen toda la tarde en una comisaría tomándonos declaración y sin poder hacer la actividad prevista. Así es que a ver si entendemos ya de una vez que aquí no puede ir cada cual a su aire, sino que esto es como un equipo y que una mala jugada la pagamos todos". 

Dicho esto Helena y Constante ordenaron a todos ponerse en fila para pasar el control. Hubo algunas bromas con respecto al equipaje de mano de algunas alumnas, que más parecía una verdadera maleta; con los bocadillos que habían empezado a desenvolver los más comilones; con la bandera de España que llevaban Javito, Juanma y Serafín. En diez minutos todos los asientos fueron asignados por una simpática tripulación que, con sus sonrisas y comentarios, hizo más entretenida la espera al resto del pasaje. 

-Mira, un jumbo -estaba señalando Felipe a Toño, sentados justo detrás de Charo y Aurora, a través de la ventanilla. 

-Ostras, y aquel que hay allí al final creo que es el Airbus ese enorme que han fabricado ahora. 

Aurora se levantó, alzó los brazos para alcanzar una pequeña bolsa negra acolchada del portaequipajes, la abrió, sacó una videocámara y comenzó a grabar: 

-A ver, chiquitines, decid hola a esta lucecita verde... 

Los dos jóvenes sonrieron y exclamaron: "patata, tomate, pimiento..." 

Les relevaron en el plano Héctor y César. Del primero era de quien habían hablado hacía unos momentos en el aseo. 

-A ver, guapetones, contaos algo, que estáis saliendo en la tele -les animó Aurora. Héctor se sacó media camiseta albiceleste tapando la morena cabellera rizada y la cara con el 10 al revés de Maradona y comenzó con su meloso acento argentino en tono jocoso: 

-Yo, prefiero mantenerme en el anonimato. Mis iniciales son HMD. Nací en Santa Rosa hace 18 años. Me echaron de casa mis viejos, que ya no aguantaban más. Aquí comienza mi éxodo en busca de nuevos horizontes. Me acompaña mi fiel amigo César Piedra, que no ha probado bocado desde ayer tarde y está al borde de la desesperación. El muchacho había emigrado a España hacía un par de años. Tenía a la mayoría de las féminas con las que trataba encandiladas, además de por su porte atlético, su aspecto de chico mayor y sus caballerosos modales, por la dulzura con que hablaba y tocaba la armónica. 

Su amigo, efectivamente, había prometido no comer nada en dos días, pese a su siempre insaciable apetito, si sus padres le dejaban ir al viaje aun habiendo dejado cuatro asignaturas para septiembre. Había solicitado el apoyo incondicional de toda la clase, pero ésta no hacía más que chincharle con las variadas provisiones que se dejaban ver dentro de las mochilas o hablándole de los gyros que esa misma noche iban a probar en tierras helénicas. 

Aurora enfocó hacia el estómago de César y comentó: 

-Ahí lo tienen, queridos amigos y amigas: una difícil prueba la que tiene que superar esta criatura. Les mantendremos informados en nuestro próximo programa. 

Acto seguido la chica apagó la videocámara y se dirigió a Héctor de nuevo: 

-¿Qué, dónde os ha tocado? 

-Allá, al lado de la salida de emergencia. 

-¿Y adónde vais ahora? 
El chico contestó: 

-A ver si nos dan una manta, que queremos dormir un poco en cuanto despeguemos, para no tener sueño a la noche. 

-¿Y qué tenéis pensado hacer, pillines? -se interesó Charo. 

-Ah... -respondieron los dos al unísono. 

Aurora, con gesto de indiferencia añadió algo: 

-Nosotras vamos a hacer una fiesta. 

César iba a preguntar si habría comida, pero en lugar de eso quiso saber si estaban invitados. 

-Vosotros llamáis a la puerta -saltó Charo- y dependiendo de cómo esté la cosa os abrimos o no... 

Héctor, que entendió que estaban jugando con ellos hizo una nueva pregunta: 

-¿Podemos ir acompañados? 

Charo respondió al instante: 

-Si son tíos más guapos que vosotros, todos los que queráis. 

Aurora se sintió encantada con la perspicacia de su amiga. 

-Va a estar difícil la cosa -musitó Héctor con la mano en el mentón-, pero veremos qué se puede hacer. 

A continuación guiñó un ojo a su amigo y se despidió de las chicas: 

-Chao. Vamos a ver si esa azafata tan linda que viene por ahí nos proporciona el abrigo que buscamos. 

La joven sonrió, movió la cabeza y no respondió. 

En ese instante el comandante anunció al pasaje el inicio de la maniobra de despegue: 

-Que tengan un feliz viaje. 


Capítulo 2


Los motores del avión comenzaron a revolucionarse como si fueran a salir disparados. Antes de sentarse y abrocharse el cinturón Aurora intentó colocar en el portaequipajes la videocámara y, al hacerlo, cayó el último número de la revista de parapsicología a la que Charo estaba suscrita, desprendiéndosele un separador que llevaba dentro. 

-Chica, lo siento, ahora te lo coloco. 

Charo, al ver la cartulina alargada, preguntó: 

-¿Y esta tira? 

-Tú sabrás, estaba dentro. 

-Que va, no es mía 

-Pues yo juraría que se le ha salido al caer. 

Las dos se sentaron, miraron el objeto y leyeron una frase que había escrita con bolígrafo rojo sobre fondo azabache: 

"Tendremos el destino que hayamos merecido". 

-¡Ay! -gritó Charo- ¿Qué significa esto? 

Aurora tampoco se explicaba qué hacía esa nota allí. 

-Parece una cita literaria... 

-Es otra señal -replicó Charo-, como la del aseo. 

-Que no, mujer: tiene toda la pinta de ser la frase célebre de algún escritor. Además, si te fijas bien no dice nada raro, sino algo más bien lógico. 

Charo no quiso responder. Se quedó pensativa y, acto seguido, sacó su billete y se fijó en el número del vuelo. 

-Cero, uno, cero -susurró-. O sea, diez. 

Aurora, conociendo la afición de su amiga a la numerología, esperó el veredicto. 

-De momento, nada malo: el número diez, para los griegos, es triangular. Según Pitágoras es el número perfecto porque lo tiene todo. Es la suma de uno (el punto), dos (que forman la línea), tres (la otra geometría plana más sencilla junto con la línea: el triángulo) y cuatro (la pirámide de base triangular, la figura de tres dimensiones elemental). Tetraktys explica simbólicamente todas las disciplinas matemáticas y, por tanto, la naturaleza del universo. 

-Y también pone en el billete OA -le siguió el juego Aurora-, que no es el nombre de la compañía, sino Omega y Alfa: final y principio. 

Ahora la sorprendida era Charo. 

-¿Pero no te das cuenta de que todo esto son simples coincidencias? -le recriminó su amiga-. Siempre estás buscando significados ocultos, fenómenos paranormales y no hay nada de eso. 

-No es cierto. El otro día hubo un debate en televisión, en el que unos cuantos expertos demostraban a un grupo de invitados famosos cómo varias cosas de las que estudian las ciencias esotéricas ocurren en la realidad. 

-Primero, ¿Era un programa serio o unos de esos reality shows de los que se marcan la mayoría de las cadenas para entretener sin más al personal? Segundo, ¿A qué clase de expertos te refieres? ¿Tienen carreras científicas o sólo cursillos de esto y de lo otro o masters en el Más Allá? 

-¿Oye, me meto yo acaso con tus paranoias religiosas? Pues esto es igual -zanjó Charo la conversación como solía hacer otras veces cuando se veía sin argumentos-. Cada una cree en lo que le da la gana y punto al asunto. 

El vuelo duró tres horas y veinte minutos. En el transcurso del mismo hubo tiempo de sobra para, en primer lugar, atender las instrucciones sobre lo que había que hacer en caso de emergencia. Después, vistazo rápido a la prensa (la mayoría de jóvenes, a la sección de deportes y ecos de sociedad; Charo, al horóscopo). Luego, coqueto almuerzo en bandeja de plástico: pan con mantequilla, pastel frío de verduras, algo parecido a un San Jacobo de pollo y mousse de chocolate. Hubo quienes pidieron repetir y fueron complacidos por una tripulación que no se cansó de atender todas y cada una de las solicitudes del grupo, incluso la de poner para la sobremesa una película de acción. 

En el moderno aeropuerto de Spàta, construido con motivo de los Juegos Olímpicos de 2004, el paso por la aduana y la recogida de equipajes se realizaron sin contratiempos. Ya en la calle, antes de montar en el autobús contratado para llegar al puerto de El Pireo, la expedición tuvo la sensación de estar en otro país por la diferencia en las construcciones, la grafía de los carteles publicitarios, el habla de las personas, la tonalidad de la luz, los cromatismos y los distintos aromas dispersos en el aire. 

De camino a la ciudad a través de una amplia autovía, chicos y chicas se pegaban a las ventanillas rivalizando por ver quién divisaba primero, a lo lejos, destacándose por encima de la ciudad, el Partenón. 

Constante advirtió que aún tardarían unos minutos en estar cerca. 

Alguien quiso saber si iban a disponer de tiempo libre para dar una vuelta antes de subir al barco y el profesor explicó que no, que tenían que presentarse en facturación a las seis para zarpar a las ocho. 

Toño, siempre el más despistado dentro y fuera de clase, preguntó si la visita a Atenas no estaba incluida en el itinerario. 
Helena, consciente de que había parte del alumnado a la que si se le hubiera pedido que enumerara los lugares a visitar podría haber incluido las costas de Túnez, la isla de Malta o la mismísima Roma, sacó de una carpeta el programa y habló por el micrófono con su ligero acento francés: 

-A ver, por favor, atended: 

Hoy no vamos a quedarnos en Atenas. Vendremos aquí dentro de cuatro días. A las ocho de la tarde partiremos en crucero hasta el puerto de Kusadasi, atravesando a lo largo de la noche el mar Egeo. Mañana, si la buena mar nos ha acompañado, arribaremos a primera hora y realizaremos la actividad sorpresa que Constante ha preparado con el dinero del premio que recibisteis de aquella entidad financiera por participar en su concurso cultural. Después, visitaremos las ruinas de Éfeso. Por la tarde regresaremos al barco y nos dirigiremos al segundo punto de nuestro periplo: la volcánica isla de Santorini. En ella haremos una escala de media jornada para continuar después nuestra travesía hacia la milenaria Creta. Allí visitaremos las ruinas de la antigua ciudad y su famoso museo. Después, nos acercaremos a la paradisíaca Mikonos. Luego seguiremos hacia Atenas, que estará esperándonos y nos acogerá para mostrarnos toda su grandeza y sus múltiples encantos durante los siguientes tres días. 

Bien, mis queridos argonautas, ¿alguna pregunta? 

-Si -respondió Héctor- ¿Qué significa argonautas? 

-Los argonautas fueron, según cuenta una leyenda de los siglos XIII o XIV a.C., un grupo de cincuenta héroes (y entre ellos una mujer, Atalanta) que, liderados por Jasón, partieron a la búsqueda del vellocino de oro en una nave construida por Argos a un lugar lejano, la Cólquida, situado en la orilla oriental del mar Negro. 

No se sabe muy bien qué era el vellocino de oro. Puede que una tela teñida de púrpura señal de riqueza y realeza o, si no, un regalo de los dioses que otorgaba prosperidad a quien lo poseyera. 

La mítica expedición descubrió, entre otros lugares, la isla de Lemnos (habitada tan sólo por mujeres a las que la diosa Afrodita había castigado con un desagradable olor para que los hombres no se acercaran a ellas), el país de las Arpías (maléficos seres voladores con fuertes garras y cara de mujer que impedían a su rey alimentarse) o las Rocas Azules (dos grandes salientes en los que se estrellaban todas las embarcaciones que pretendían pasar entre ellos). 

Al llegar a su destino el rey Eates puso como condición para conseguir el preciado tesoro domar a los dos toros que lo custodiaban, arar un campo con ellos, sembrar unos dientes entregados por la diosa Atenea y doblegar a la serpiente que nunca dormía. Medea, la hija del monarca, se enamoró de Jasón y, con su brujería, le ayudó a superar semejantes pruebas. 

En el regreso a casa los argonautas sufrieron el ataque de las Sirenas y de los monstruos Escila y Caribdis. Al final, una vez que el rey Pelias hubo recibido el vellocino, paradójicamente, fue asesinado por sus dos hijas". 

Héctor agradeció con una ligera y elegante inclinación de cabeza la explicación de su profesora. 

-Además de guapa es lista -le susurró su amigo César al oído. 


Constante pidió a la mujer el micrófono para dar algunas instrucciones con respecto al embarque: 

-En cuanto bajemos del autobús nos agrupamos con las maletas y nos seguís a una sala donde nos recogerán los pasaportes y asignarán los camarotes. 

En ese punto alguien preguntó de cuántas plazas eran. 

Constante respondió que eran dobles y con el espacio muy justo como para que quisieran compartirlos tres personas o más. Luego volvió a dejar claro que si le avisaban de que se estaba haciendo un uso inadecuado de alguno de ellos, iba a tomar medidas "serias y contundentes" y que no quería ver gente por los pasillos a la hora de dormir. Después, continuó: 

-En cuanto hayamos dejado el equipaje, nos reuniremos con un guía que tenemos contratado para que nos cuente cómo va ser la vida a bordo. 

-Una pregunta -levantó la mano Luis- ¿Tenemos que pagar lo que nos tomemos en el barco? 

-Vamos a ver -se molestó el profesor-. Ya os he dicho unas cuantas veces que esto no es un "todo incluido", que los precios de las consumiciones y lo que os vendan en un crucero de estas características son caros, que está terminantemente prohibido comprar alcohol fuera, en la calle, para beberlo dentro y que si a alguien se le ocurre hacer uso de alguna sustancia estupefaciente en algún momento de este viaje, le llevo al aeropuerto más cercano y le mando a cobro revertido con sus padres. 

Hubo algunos murmullos mezclados con sonrisas burlonas. 

-Si alguien lleva encima algo que no tiene que llevar, lo mejor que puede hacer en cuanto paremos es buscar un aseo, echarlo a la taza y tirar de la cadena. 

Una de las chicas quiso saber qué había que hacer para poder llamar a casa o recibir llamadas. César, que estaba detrás de ella, se ofreció a enseñarle a seleccionar operadora para su teléfono móvil. Aurora aprovechó para levantarse e ir a pedir a Héctor que le ayudara a configurar su terminal. 

Entretenida con estos y otros asuntos de tipo práctico, la expedición llegó al final del trayecto sin haber conseguido divisar ninguno de los monumentos emblemáticos de la antigua polis. "Esperan vuelta", dijo el chofer en un español que apenas se entendía antes de bajarse a abrir el maletero. 

Nuevamente los trámites portuarios pudieron realizarse antes del horario previsto, con rapidez y sin ninguna complicación. En menos de media hora el grupo estaba perfectamente instalado en la primera planta del Calipso, un buque de casi 200 metros de eslora y capacidad para 1100 pasajeros en sus más de 500 cabinas. De momento, por los pasillos y zonas comunes sólo se veía a algunos miembros de la tripulación realizar sus tareas y pequeños grupos de jubilados y jubiladas que iban llegando, presas de la emoción como si tuvieran dieciséis años. 

-Profe, a ti y a Helena ¿también os han puesto juntos? 

Quien hacía la pregunta, confidencialmente, a la entrada del restaurante de la cubierta principal, donde había sido citado el grupo a las siete en punto por el guía, era Charo. -Si -bromeó Constante- en una suite enorme, con televisor de plasma vía satélite, conexión a Internet, jacuzzi, una cama con colchón de agua. 

Unos cuantos silbidos provocadores por parte de las alumnas entremezclados con socarrones comentarios en voz baja de los chicos, dieron la bienvenida a Dionisos, el joven guía que iba a acompañarles en su navegación por la Hélade. 

-Pero si parece el mismísimo doríforo que nos enseñó la de arte el otro día -dijo Charo entre dientes. 

-Con esa curvita praxiteliana cuando se apoya en la barandilla luciendo fuertes brazos morenos -asintió su amiga Aurora. 

El resto se enteró bien poco de todo lo que se explicó relativo a horarios, servicios a bordo o evacuación de la nave. Con lo que sí se quedaron fue con que compartirían buena parte de su programa de actividades con el alumnado de otros tres institutos, con que iban a partir a las ocho coincidiendo con la puesta de sol que podrían contemplar desde la cubierta, y con que la cena de bienvenida tendría lugar en ese mismo sitio a las nueve. 

-¿Hay que ir de etiqueta? -preguntó César. 

-Unos chicos tan guapos como vosotros yo creo que con que os pongáis una camisa o un camiseta bonita con pantalón largo, estaréis estupendos. 

-Ay, que nos ha salido de la otra acera -murmuró Charo. 

-Las chicas -apostilló Dionisos con gesto engatusador- estáis guapas siempre, os pongáis lo que os pongáis. 

Hubo pitos y una gran aclamación con gritos de "guapo", "tío bueno", "mi habitación es la..." 

-Lo dicho, queridos, queridas, si me necesitáis para cualquier cosa preguntad por mí en recepción. Nos vemos para la cena, a las nueve. 

Unos y otras se dirigieron rápidamente a sus camarotes a fin de tener el máximo tiempo posible para arreglarse. 

-Es una chulada -convino Aurora con Charo en cuanto estuvieron en su compartimento. El habitáculo disponía de dos camas de ochenta separadas en la parte baja por una mesilla y encima por un ojo de buey tapado con una cortina en tonos azules a juego con las colchas. Contaba también con un pequeño mueble escritorio, un espejo enmarcado sobre él, dos cuadritos con motivos abstractos enfrente y aseo completo, pero como si fuera el de una autocaravana. 

Durante la siguiente hora hubo tiempo de sobra para ducharse una primero y otra después, el secado del pelo (y planchado también en el caso de Charo), la sesión de maquillaje con tres pruebas distintas y final puesta de largo con sendos vestidos negros estrenados en la última fiesta de Nochevieja. 

En los pasillos, silbidos de los chicos del grupo y de otros que buscaban su camarote arrastrando el petate. 

-¿De dónde sois? -preguntó Charo resueltamente a uno de ellos. 

-De Barna. Por ahí atrás viene también una peña de Madrid. 

-¿Estáis aquí abajo? -quiso saber Aurora. 

-Nos ha dicho un marinero que sí. Que los abueletes van arriba y los jóvenes aquí, todos juntitos. A nosotros creo que nos han dado allí al fondo, al lado por lo menos de las calderas. 

-Pues Welcome to the hell -sonrió Charo. 

-Ya nos veremos -se despidió su amiga. 

Una vez en el exterior, justo debajo del puente de mando, junto a la piscina de proa, las dos chicas se reunieron con algunos compañeros y compañeras ansiosos por sentir ya movimiento bajo sus pies. 

La actividad del puerto comenzaba a decrecer al tiempo que los cielos sobre el mar que se abría tras la bocana principal iban tiñéndose de tonos malva y anaranjados. 

Fue llegando gente de los otros grupos buscando sitio donde sentarse o divisar el horizonte. Cuando el rumor de la multitud desembocaba ya en griterío, sonó imponente la sirena que anunciaba la salida. 

Unas y otros comenzaron a agitar los brazos, a asomarse por las barandillas para ver cómo se iba separando el buque del muelle, a hacer fotos diciendo adiós a la ciudad. 

A partir de ahí, hubo gente que regresó a los camarotes y otra que se fue a localizar el gimnasio, la piscina climatizada y demás instalaciones que aparecían remarcadas en el catálogo ofrecido por la agencia de viajes. Aurora, Charo, Héctor y César optaron por acercarse a la barra exterior de la cafetería Coral y, amablemente asesorados por el barman, probaron el cóctel Blue Sea especialidad de la casa, mientras comentaban el gran momento que estaban viviendo, que tantas y tantas situaciones inolvidables iba a depararles en los próximos siete días. 

A la hora fijada acudieron al restaurante "junior" a disfrutar de la cena ofrecida por el capitán (aunque éste había acudido al restaurante "senior" y había delegado como anfitrión en el segundo de a bordo, un joven italiano apuesto y simpático con el que todas las chicas querían hacerse una foto). 

En los expositores de acero inoxidable se habían dispuesto bandejas y bandejas con distintas ensaladas, pasta preparada de diferentes maneras, arroces, pescados en salsa y a la plancha, pollo frito, escalopes, carne guisada y patatas fritas. 

Poco a poco fue dejándose sentir un extraño balanceo que se apoderaba de todo el cuerpo. Al principio, apenas interrumpió las animadas charlas en voz alta, el ir y venir de comensales con los platos rebosantes, las solicitudes de más bebida a los camareros. Pero luego empezó a resultar ciertamente desagradable. Tras el brindis de honor, el oficial de comunicaciones aprovechó para anunciar que durante la primera parte de la travesía iban a tener ligera marejadilla que hacía aconsejable a las personas que no estuvieran acostumbradas a navegar, que optaran por acostarse. 

Los más valientes y las más atrevidas desafiaron estas indicaciones y dieron cuenta de los postres sin dilación para acudir a la discoteca Polar Star, con música tecno mezclada con éxitos internacionales de la temporada. Sin embargo, pronto comprobaron que en esas condiciones era prácticamente imposible bailar o permanecer de pie con el vaso en la mano. La mayoría acudió a los camarotes pensando que en ellos podrían juntarse con su círculo más cercano y llevar a cabo, al menos, un minibotellón. Pero tras apenas una hora de toques en las puertas, risas apagadas, intentos de ingerir el contenido de las botellas acompañados de náuseas y ganas de vomitar, comprendieron que lo mejor sería intentar conciliar el sueño y confiar en que a medida que transcurriera la noche dejarían de tener esa extraña sensación de inestabilidad. 

Al abrir la puerta y entrar en su cuarto, Aurora distinguió un sobre cerrado en la mesita de noche. Escrito con impecable caligrafía podía leerse lo siguiente: "Srta. Rosario Cuesta, dejado para usted en recepción a las 19:30". 

Charo, extrañada, abrió la nota que parecía telegrafiada y la leyó delante de su amiga: "No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche". 

-¿Qué significa esto? -se asustó la destinataria. 

-No tengo ni idea -musitó su amiga. 

Las dos se abrazaron. 

-Auro, tengo miedo, alguien está poniéndome avisos como éste o el del avión. -Voy a llamar al servicio de habitaciones a ver si pueden decirnos quien lo ha dejado -se le ocurrió a la mayor de las chicas. 

Tras contactar con recepción, una voz con acento sudamericano le explicó que probablemente hubiera recibido el mensaje vía telefónica alguien del turno anterior a quien sería difícil localizar para preguntarle por el remitente, porque podría incluso haber terminado su servicio en este barco y haberse quedado en Atenas o haber hecho un trasbordo para otro programa de navegación de la compañía. 

-Será alguien que quiere gastarte una broma -intentó tranquilizarla Aurora. 

Charo pensó en algunas compañeras del grupo u otras que se habían quedado en España capaces de hacer una cosa así. 

-Puede, incluso, ser algún colgado de los que hablan conmigo en el Messenger que sabían que me venía de viaje. 

-Ya -ahora la que se intranquilizó fue Aurora-. Alguno de esos con los que compartes afición a la parapsicología, ¿verdad? 

Charo asintió con la cabeza. 

-Pues en ese mundillo hay gente muy rara y algún día vas a tener un disgusto. 


Viendo que semejante dictamen podía preocupar aún más a su amiga, Aurora quiso quitar hierro al asunto: 

-Venga, no lo pienses más, que seguro que es alguien conocido que sólo quiere jugar un poco. 

¿Y si se trataba de alguien con mala intención? Charo analizó una y otra vez el contenido de los mensajes: "Tendremos el destino que hayamos merecido" y "No se puede llegar al alba..." 

Después de haber dado unas cuantas vueltas a las palabras "destino", "merecido" y a la idea de que para alcanzar la luz antes hay que transitar la oscuridad, consiguió convencerse, aunque no del todo, de que no se trababa necesariamente de ninguna amenaza. Intercambiando sus impresiones con las de Aurora, cada vez de forma más confusa y hasta llegar a ser inaudibles, al cabo de un buen rato las dos terminaron quedándose dormidas. 





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