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El antiimperialismo y el APRA
Víctor Raúl Haya de la Torre
Comisión Especial Encargada de Organizar

los Actos Conmemorativos por el Trigésimo Aniversario

del Fallecimiento de Don Víctor Raúl Haya de la Torre


FONDO EDITORIAL DEL CONGRESO DEL PERÚ

Biblioteca del Congreso del Perú

324.285

H28


Haya de la Torre, Víctor Raúl, 1895-1979.

El antiimperialismo y el APRA / Víctor Raúl Haya de la Torre;

presentaciones Luis Alva Castro, Edgar Núñez Román.

– Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2010.

276 pp.; 23 cm.

ISBN:978-612-4075-02-5

APRISMO / PARTIDO APRISTA PERUANO / IDEOLOGÍAS POLÍTICAS / PARTIDOS POLÍTICOS / POLÍTICA NACIONAL/ SIGLO XX / PERÚ
I. Alva Castro, Luis, 1942-

I. Núñez Román, Édgar, 1963-


Víctor Raúl Haya de la Torre

El antiimperialismo y el APRA

CARÁTULA Y PORTADILLAS Archivo de Alberto Vera La Rosa

CORRECCIÓN Hugo Vallenas

COORDINACIÓN DE PRODUCCIÓN Jessica Andrade

DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN Ángela Kuroiwa


Martha Hildebrandt, Presidenta del Consejo del Fondo Editorial del Congreso del Perú
Publicación autorizada por la Fundación Navidad Niño del Pueblo “Víctor Raúl Haya de la Torre”, presidida por la señora Lucy de Villanueva.
© Derechos reservados de la presente edición Congreso de la República

Comisión Especial Encargada de Organizar los Actos Conmemorativos por el Trigésimo Aniversario del Fallecimiento de Don Víctor Raúl Haya de la Torre, presidida por el congresista Édgar Núñez Román

Fondo Editorial del Congreso del Perú

Jr. Huallaga 364, Lima

Teléfono 311 7735/ 311 7846

Correo electrónico: fondoeditorial@congreso.gob.pe

http:// www.congreso.gob.pe/fondoeditorial./inicio.htm

Impreso en Studio Digital Editores SAC

Lima, julio de 2010

Primera edición del Fondo Editorial del Congreso

Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2010-08710

Tiraje: 1.000 ejemplares

PRESENTACIONES 9

Luis Alva Castro 9

Edgar Núñez Román 13

NotaS preliminarES 25

A la primera edición 25

A la segunda edición 45

A la tercera edición 47

A la cuarta edición 87

1 .¿Qué es el APRA? 97

2. El APRA como partido 107

3. ¿Qué clase de partido y partido de qué clase es el APRA? 125

4. El APRA como un solo partido 143

5. El frente único del APRA y sus aliados 159

6. La tarea histórica del APRA 181

7. El Estado antiimperialista 195

8. Organización del nuevo Estado 207

9. Realidad económico-social 231

10.¿Plan de acción? 251
Apéndice

Artículos 27 y 123 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, del 31 de enero de 1917 259

Presentaciones

Luis Alva Castro

Presidente del Congreso de la República del Perú
El presente libro, El antiimperialismo y el APRA, es el más representativo del pensamiento y la obra política del egregio trujillano Víctor Raúl Haya de la Torre. En vida del autor la obra tuvo cuatro ediciones autorizadas, pero las reimpresiones y versiones improvisadas por sus partidarios durante más de siete décadas han sido innumerables.

Los lectores de Haya de la Torre de todo el continente americano recién conocieron este libro en 1936, en su segunda edición publicada por Ediciones Ercilla, de Santiago de Chile, bajo la dirección de Luis Alberto Sánchez. La primera edición, de diciembre de 1935, tuvo un destino accidentado, en parte por las fallas editoriales que exigieron una pronta segunda edición y en parte por los obstáculos de la represión política imperante en toda América Latina contra las ideas y la acción política del autor.

El origen del texto original es más accidentado todavía. Fue escrito en 1928, en condiciones sumamente agitadas, mientras Haya de la Torre realizaba una intensa actividad proselitista en favor de la insurgencia popular nicaragüense dirigida por el general Sandino. Para este fin, Haya de la Torre recorría una y otra vez México, Costa Rica, Guatemala, El Salvador y Panamá, sumando fuerzas solidarias. El libro tuvo primero la forma de una polémica doctrinal contra el líder comunista cubano Julio Antonio Mella, autor de un folleto polémico contra el aprismo, “¿Que es el ARPA?”, escrito a su vez en respuesta al manifiesto auroral del movimiento político fundado por Haya de la Torre, “¿Qué es el APRA?”, publicado en inglés en diciembre de 1926 en la revista The Labour Monthly y pocas semanas después en castellano en diversos medios de América Latina.

Haya de la Torre decidió transcribir el manifiesto de 1926 como capítulo primero de su nuevo libro y a continuación emprender el alegato polémico contra Mella. La publicación pronto se vio interrumpida por el trágico deceso del joven combatiente cubano, víctima de un atentado criminal en México. En el trayecto de corregir nuevamente el texto original, eliminando las alusiones al militante comunista fallecido, Haya de la Torre se vio expulsado de El Salvador, con sus pocos bienes personales embargados. Después estuvo vigilado y con impedimentos para su actividad política en Costa Rica y, finalmente, retenido en un barco anclado en Panamá y deportado a Bremen, Alemania, en diciembre de 1928.

En los años siguientes, el manuscrito de El antiimperialismo y el APRA, que circuló en forma mecanografiada entre los militantes apristas más conspicuos, fue dado por perdido, hasta que pudo ser hallado y recuperado por Carlos Manuel Cox, notable economista y leal correligionario de Haya de la Torre, que tuvo un largo desempeño profesional en México antes y después de la épica gesta del aprismo peruano de 1931-1934.

¿Qué ideas y postulados de Haya de la Torre hicieron que tuviera tan amplia repercusión este libro? Una cualidad singular de El antiimperialismo y el APRA es su planteamiento político continentalista, formulado en una época todavía carente de estudios e investigaciones que formulen de manera sustentada un proyecto de integración de América Latina. Existían libros con elocuentes denuncias y pronunciamientos declarativos en favor de dicha unidad, como La raza cósmica (México D. F., 1925), de José Vasconcelos, y El destino de un continente (Buenos Aires, 1923), de Manuel Baldomero Ugarte, pero no un programa político y una estrategia que orienten los pasos a seguir desde el presente para lograr dicha integración.

Otra cualidad singular del libro de Haya de la Torre es su carácter transicional hacia un cambio integral de la sociedad latinoamericana, considerando las características de sus distintos sectores. La denuncia del problema económico y social de América Latina, determinado por la intervención de los grandes intereses económicos foráneos, conduce a una pauta de tratamiento al capital extranjero y de inicio de un auténtico desarrollo modernizador; pero también ofrece una fórmula de avance hacia el logro de un alto nivel de justicia social. En este punto de su exposición, Haya de la Torre delimita tajantemente el camino aprista del camino comunista, quitando a este último el monopolio de la búsqueda de la mayor igualdad entre los humildes y los más necesitados del continente.

Una lectura atenta y provechosa de este libro exige saber diferenciar lo que es episódico y coyuntural, propio de las décadas de 1920 y 1930, de lo que es esencial y permanente. Por ejemplo, en muchos pasajes de este libro, el concepto de nacionalización de tierras e industrias aparece fuertemente ligado al concepto de capitalismo de Estado, en una época en la que América Latina todavía no había hecho una experiencia suficiente de esta vía de intervención en el manejo de los recursos estratégicos de la sociedad. Sin embargo, Haya de la Torre precisa también en diversos pasajes que la fórmula estatal no es suficiente y explica que dicha opción forma parte de un amplio concepto de nacionalización, que también incluye combinaciones de empresa estatal y empresa privada y muy en especial la promoción del cooperativismo y otras formas asociativas, sobre todo a escala rural. Con el paso de los años, este concepto más amplio y general ha ido adquiriendo amplia aceptación, mientras la estatización pura y simple, tan defendida por dictaduras populistas y comunistas, ha ido siendo cuestionada a la luz de la experiencia.

Este libro destaca también por sustentar un antiimperialismo constructivo, opuesto al nacionalismo xenófobo de algunas culturas extremistas. Para Haya de la Torre, defender una opción antiimperialista implica redefinir, pero no excluir, la incorporación del capital extranjero a la vida nacional. Asimismo, implica reconocer la necesidad de incorporarnos a la modernidad tecnológica y ser competitivos en el mercado mundial, no aislarnos de él. Estos puntos de vista, hoy abrumadoramente lógicos, eran cuestionados hace setenta años tanto por los propagandistas del extremismo suicida como por los conservadores que no deseaban cambio alguno. Leerlos hoy, tal como fueron elaborados y formulados frente a una realidad desafiante y difícil, es un privilegio del que no debemos prescindir.

Edgar Núñez Román



Presidente de la Comisión Encargada de Organizar los Actos Conmemorativos

por el Trigésimo Aniversario del Fallecimiento de Don Víctor Raúl

Haya de la Torre

“Señalar realistamente el camino y dar los primeros pasos,
es la tarea histórica del APRA”.


Haya de la Torre, Incahuasi, 25 de diciembre de 1935.
“Dos tipos de economía —dos velocidades, dos intensidades económicas— actúan en la vida social indoamericana. Aquel que forma parte del sistema de los grandes capitalismos, sujeto a un ritmo más intenso, cuyo origen y comando nos es extraño, y el que constituye nuestro tipo propio más lento e incipiente de desarrollo nacional, acorde con nuestra propia línea tradicional de evolución. Ambos inciden en nuestro suelo”.

Víctor Raúl Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA.
“...utilizamos el mercado global y la inversión pero con un objetivo social, con un sentido aprista. Esa es la diferencia”.

Alan García, La revolución constructiva del aprismo.
Muchos son los libros que han influido en el mundo desde que Gutenberg inventara la imprenta de tipos movibles. Y en el Perú del siglo XXI, algunos son considerados de lectura obligatoria para cualquier ciudadano, especialmente para aquel que desea conocer la realidad del país y del continente.

Nadie puede negar la influencia que ha ejercido sobre nosotros La realidad nacional (Víctor Andrés Belaunde), 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (José Carlos Mariátegui), Historia del Perú republicano (Jorge Basadre), la cuentística de Abraham Valdelomar y de Julio Ramón Ribeyro, los proyectos de Santiago Antúnez de Mayolo, la pintura de José Sabogal, la novelística urbana de Mario Vargas Llosa, la novelística testimonial de José María Arguedas y, volviendo a los libros, Peruanismos (Martha Hildebrandt), Perú: retrato de un país adolescente (Luis Alberto Sánchez), la poética de César Vallejo y la historiografía de Raúl Porras Barrenechea y de Alberto Flores Galindo.

Sin embargo, ninguna de estas obras de interpretación de la realidad cambió la realidad. Ese privilegio le corresponde al primer libro orgánico de Víctor Raúl Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA.

El libro cumple con el desafío que Karl Marx arroja como un guante al rostro de la intelectualidad universal con la undécima de sus Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos han interpretado el mundo de diferentes maneras, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Eso es lo que ha hecho El antiimperialismo y el APRA: sus análisis, sus propuestas y su pragmática dialéctica motivaron a varias generaciones, así en el lejano ideal como en los objetivos inmediatos de participar de una realidad no inventada sino descubierta (como querían Friedrich Engels y Haya de la Torre) que debían transformar la sociedad en dirección a una verdadera democracia, eficiente y justa.

Este libro tiene la cualidad, poco frecuente en textos políticos, de ponderar el servicio antes que el poder mismo. Es un libro-escuela, como podrían serlo La Divina Comedia, Hamlet, Fausto y El Quijote, en su género. Pero, además, es un libro-programa que invita a la acción, porque —por encima de cualquier cliché o nominalismo político— la ideología de su autor es la ideología de la acción; no la del caudillo que bajo una “ideología del cambio” se desdice y se contradice, sino la del líder que en la dialéctica de la historia incluye también la dialéctica de su pensamiento: predice con acierto y enseguida analiza la nueva realidad, la traduce, la explica y la vuelve a transformar.


Por tanto, de El antiimperialismo y el APRA podemos afirmar que es el libro que más ha influenciado en la historia del Perú. Y lo ha hecho por una tercera característica que se suma a las que hemos señalado (libro-escuela y libro-programa), y es su condición de libro-vivencia. En efecto, Haya de la Torre nos demuestra en él que ha pasado de ser el erudito que lee muchos libros para conocer el universo humanístico en todas sus fases y facetas culturales, a leer ese inmenso, polifacético y difícil libro dialéctico que es la realidad. En El antiimperialismo y el APRA estamos ante un hombre que lee realidades, y realidades en las cuales no es solo testigo sino protagonista de primer orden. Es un libro que camina, un libro para la lucha: es una espada; y como tal ha sido el libro más combatido en la historia del Perú. Por la calidad de sus denuncias y, especialmente, por la de sus propuestas, que herían intereses y situaciones de clase, ha sido el texto más perseguido: el libro ha vivido también su ostracismo y su clandestinidad.

En su forma y en su contenido, El antiimperialismo y el APRA nos persuade acerca de la dinámica del mundo y de su historia. Como no es solo un libro de interpretación de la realidad, sino de su transformación mediante la acción y la dialéctica de la propia acción y del pensamiento que la explica, el lector se siente en la necesidad de actuar y de transmitir las causas y efectos de esa actuación. No es, pues, un libro intelectual: es una crónica de lucha, es una bitácora de viaje, es el diario de un pueblo.

Es además un ejemplo maestro de creatividad y flexibilidad, porque cuando Haya de la Torre afirma que “el aprismo es una línea abierta hacia el infinito”, y lo demuestra, sus discípulos pueden efectiva y eficientemente consolidar las ideas matrices del texto en cotejo perenne con la dinámica social que retrata. Así es como se legitiman expresiones del propio presidente Alan García Pérez: “Ser aprista es comprender integralmente el pensamiento de Haya de la Torre en sus diferentes etapas y continuar su acertada interpretación de los cambios del mundo, así como la renovación de los conceptos teóricos que él impulsó”1.

Por eso mismo podemos afirmar, sin caer en una iconoclasia criolla, lo que señala el presidente: “Haya de la Torre murió el año en que fue promulgada la Constitución de 1979 y no vio su promulgación ni su difícil puesta en práctica en un mundo que, con la crisis de 1980 y la globalización después de 1990, iba a cambiar cualitativamente”2.

Algunos autores han precisado que entre las fortalezas de este libro se encuentra su didáctica; otros señalan que es su sobrevivencia; más allá un grupo sostiene que lo que resalta en él es su análisis certero de la realidad. Todo esto es cierto, pero hay que agregar lo que ha sido su fortaleza más elocuente: libro-escuela (análisis dialéctico de la realidad), libro-programa (propuestas realistas contenidas en los cinco puntos del APRA y, más tarde, en el Plan de Acción Inmediata o Plan Mínimo, primer plan de gobierno en la historia del país) y libro-vivencia (una coherente guía para la acción).

Haya de la Torre, quien fue el primer líder latinoamericano en asistir personalmente al desmoronamiento del bolchevismo ruso (1924), quien estudió in situ el nacimiento del nazismo (1929-1931), quien observó la estructura de las más avanzadas democracias del siglo XX —como la de Escandinavia (1954-1955)—, quien caminó en las primeras tecnópolis de los ahora llamados “Tigres del Asia” cuando apenas eran “cachorros” (1960: Hong Kong, Corea del Sur, Japón y Taiwán), llegando inclusive a la India, es quien nos dice que no temamos a los “clicheteros” profesionales, también criollos, que etiquetan de derechistas a unos y de izquierdistas a otros, según la miopía de sus observaciones cortoplacistas.

De El antiimperialismo y el APRA rescatamos su mensaje que es su idea central, sin duda: “Los gobiernos no tienen más ideología que la ideología del bienestar de sus pueblos”. Eso significa ratificar lo que el genial Deng Xiaoping expresó acerca de que “no importa de qué color sea el gato, sino que cace ratones”, frase que el genio de Haya de la Torre sintetizó hace más de sesenta años cuando dijo: “De lo que se trata es de crear riqueza para el que no la tiene”3.

Es por todas estas razones que un homenaje a Víctor Raúl Haya de la Torre, treinta años después de su partida, sería incompleto sin la reedición de El antiimperialismo y el APRA, libro central en la vida de los pueblos del Perú y de América Latina en su búsqueda de una democracia que tenga en el hombre concreto su centro vital y su perspectiva de una auténtica justicia social de pan con libertad.

Bibliografía

GARCÍA PÉREZ, Alan (2008). La revolución constructiva del aprismo: teoría y práctica de la modernidad. Lima: s. e.



Dedicado a los trabajadores manuales e intelectuales de Indoamérica.

México, 23 de mayo de 1928.

Víctor Raúl Haya de la Torre

Dedicado a los trabajadores manuales e intelectuales de Indoamérica.

México, 23 de mayo de 1928.

Víctor Raúl Haya de la Torre

Mención fraternal

de Carlos Manuel Cox, que guardó por largos años este original; de Luis Alberto Sánchez, que supervigiló su impresión en Santiago; de Carlos Eliseo Idiáquez* y Carlos Mosto, que hicieron el trabajo de mecanografía; y de quienes, desde el incógnito, burlaron la vigilancia de la tiranía y enviaron a Chile, con toda seguridad, las copias de este libro**.

Incahuasi, Perú, diciembre de 1935.

Víctor Raúl Haya de la Torre
notas preliminares

A la primera edición

Este es un libro escrito hace siete años, que solo ahora se publica. Creo necesario explicar los motivos de mi tardanza en darlo a la imprenta, proyectando de paso algo del ambiente —escenario y momento— en que debió aparecer. Surgen así muchos recuerdos personales sin otra importancia para el lector interesado que la de aludir episódicamente a algunos aspectos más o menos notorios de la lucha antiimperialista en Indoamérica durante el último decenio.

Cuando regresé de Europa a Estados Unidos y México al finalizar el verano septentrional de 1927, los principios generales de la doctrina aprista —enunciados desde Suiza e Inglaterra en los años 24, 25 y 26— eran ya bastante conocidos y suscitaban vehementes discusiones en los sectores avanzados de obreros y estudiantes indoamericanos, El primer grupo de apristas del Perú había llegado ya desterrado a México y algunos espontáneos simpatizantes cubanos de la nueva doctrina batallaban por ella desde una revista recién fundada en La Habana, Atuei4.

Varios meses de permanencia en Estados Unidos, donde cumplí un plan de labor de divulgación y organización apristas entre los estudiantes y trabajadores procedentes de este lado de América, precedieron a mi segunda visita a México. Su universidad nacional me había invitado a dictar una serie de ocho conferencias sobre problemas americanos y en ellas expuse la ideología del APRA y los lineamientos fundamentales de su programa.

Los partidos comunistas criollos que no habían logrado su intento de vitalizar las hoy semimuertas Ligas Antiimperialistas —creadas por orden del Congreso Comunista Mundial de 1924— agudizaron entonces su campaña de amargas críticas contra el APRA, en la que veían el origen de un movimiento rival. Los órganos de prensa del comunismo estalinista de Buenos Aires y México habían dado ya la voz de alerta. El APRA —según ellos— era un “peligro” para las endebles ligas y para los mismos partidos de la III Internacional en nuestro continente.

Como se criticaba al APRA desorbitada y simplistamente y las censuras se inflamaban con frecuencia de violenta palabrería tropical, los apristas peruanos exilados en México fundamos la revista Indoamérica, con el fin de defender el nuevo movimiento y tratar de elevar la polémica con los comunistas a un plano doctrinario.



Por aquellos días, plenos de inquietud, Sandino conmovía al mundo con sus gallardas hazañas, combatiendo tenazmente por la soberanía de la patria invadida. Al mismo tiempo, la Sexta Conferencia Panamericana se celebraba pomposamente en la capital de Cuba con los auspicios del astuto mister Coolidge, del siniestro general Machado y de las dictaduras sudamericanas que contaban con el áureo y omnipotente puntal de Wall Street. Los verdaderos antiimperialistas debíamos, pues, luchar seriamente contra los avances de la política del dólar —que aún vivía orgullosa su dorada prosperidad “ilusionante”—, y defendernos al mismo tiempo de la demagogia comunista, cuyo irritado verbalismo llega a furibundos extremos en estas cálidas zonas del planeta. Propugnando por el frente único libre del inexorable contralor de Moscú y por una acción realista, orgánica y eficiente contra el imperialismo, iniciamos los apristas tenacísima campaña desde la prensa y la tribuna.

Fue entonces que Julio Antonio Mella, estudiante desterrado de Cuba y militante comunista, publicó un violento folleto contra el APRA5. Mella se había reencontrado conmigo en las sesiones del Congreso Antiimperialista Mundial, reunido en Bruselas a principios de 1927. Le conocía desde que llegué desterrado a Cuba de paso a México en 1923, pero los debates de Bruselas, en los que refuté y conseguí el rechazo de su proyecto de resolución sobre las condiciones económicas y políticas de Indoamérica, nos distanciaron definitivamente. Mella era un mozo de gran temperamento emocional y de probada sinceridad revolucionaria. Fue, hasta la muerte, un luchador puro y un antiimperialista inflexible. Creo que habría sido uno de los grandes realizadores de la libertad de Cuba, una vez que la experiencia le hubiera demostrado que el comunismo no es el camino mejor para la nueva emancipación de nuestros pueblos. Pero a fines de 1927 Mella, recién llegado de su visita a Unión Soviética, se hallaba poseído de un juvenil fanatismo bolchevique, intransigente y ardido. Su folleto revela bien tal estado de ánimo. En páginas saturadas de agresividad e intolerancia reprocha al APRA lo que él llama con léxico europeizante “su reformismo”. Lo acusa de ser un nuevo fascio y de defender los intereses del imperialismo británico.

Siempre he preferido hacer a discutir. Advertiré de paso que considero inseparable —especialmente en política, tal como debemos entenderla los hombres de este siglo—, el valor conceptivo de los vocablos “hacer” y “organizar”, pues pienso que solo organizando se hace, vale decir, se crea y construye perdurablemente. Pero la leguleyería criolla, la politiquería intrigante y anárquica, hervidero de egoísmos subalternos, ha legado una miserable experiencia de confusionismo a nuestros pueblos tan poco educados en la comprensión y práctica de la disciplina civilizadora. Y las izquierdas —que es lo que nos interesa— se han infectado mucho de todos los vicios políticos de las oligarquías y partidos viejos. Por eso han llegado hasta el paroxismo en la manía discutidora, repitiendo muchas veces el cuento aquel de los conejos de la fábula... El APRA, nueva ideología y nuevo movimiento, no debía caer en el tiroteo biblioso y detonante que ha caracterizado a las histéricas disputas de nuestras facciones veteranas del izquierdismo; pero era imperativo plantear más a fondo sus puntos de vista y precisar su posición y actitud. Con tal propósito escribí este libro: para refutar los argumentos de Mella —alzando cuanto fuera posible el plano polémico—, para responder a los críticos de extrema izquierda y extrema derecha que ya menudeaban, y para exponer analíticamente las ideas centrales de mi doctrina. De abril a mayo de 1928, casi en el tiempo exacto que tuve para mecanografiarlas yo mismo en la habitación de un hotel de la Ciudad de México, quedaron listas las páginas que hoy forman este volumen.



No pude publicarlo de inmediato por falta de medios económicos. Los editores hacían propuestas usurarias y quienes formábamos el grupo de apristas desterrados en México estábamos empeñados en reunir dinero sin demora, a fin de impulsar nuestra propaganda y realizar el plan de aproximarnos a Nicaragua para ponernos a las órdenes de Sandino. Mientras buscábamos mejores arreglos editoriales, se acercó la fecha de mi salida para Yucatán y Centroamérica, de donde había sido invitado por agrupaciones de estudiantes y obreros. Entre tanto, el folleto de Mella no halló mayor eco. Se vendió apenas y mereció solamente los consabidos comentarios elogiosos de la prensa comunista. Entonces resolví seguir mi camino hacia el sur y aprovechar las horas de descanso que me dejara el viaje para ampliar estos capítulos. Pero esas horas no llegaron nunca. La historia accidentada de aquel peregrinaje inolvidable por el istmo centroamericano ha sido relatada ya6. Mis planes para ir a Nicaragua se frustraron. Después de pasar por Guatemala, Salvador y Costa Rica, las autoridades yanquis del Canal-Zone hicieron virar el timón de mis anhelos. A fines de 1928 volví a Europa, deportado una vez más.

A poco de mi llegada a Alemania, supe la noticia del cobarde asesinato de Mella, víctima de un agente de Machado. Entonces abandoné la idea de publicar lo escrito en México y me entregué tenazmente a recoger materiales y preparar una nueva obra, más vasta y documentada sobre los problemas indoamericanos y el aprismo. En la Preussische Staatsbibliothek* trabajé con empeño acumulando datos y redactando el esquema de los primeros capítulos del nuevo libro. Hasta que un buen día de agosto de 1930 los diarios de Berlín turbaron mi trabajo con noticias de primera página procedentes del Perú: golpe de cuartel y caída del régimen que me había desterrado.

La inquietud de la acción, los primeros pasos del Partido Aprista Peruano, que yo seguía ansiosamente desde el exilio, atrajeron todo mi interés desde entonces. Prohibido de regresar al Perú por el nuevo gobierno “revolucionario” de Lima, no pude repatriarme hasta un año más tarde. Interrumpiendo la tarea de completar mi libro, vine al campo mismo de la lucha. Cuatro años de jornadas revolucionarias contra tiranías sedientas de sangre, larga prisión, persecuciones y escapes de la muerte —sin dejar nunca la labor en el partido— llenan esa etapa intensa y emocionante.

Como resulta que después de siete años el libro escrito en México no ha perdido su interés y antes bien se actualiza, he decidido publicarlo. Me han estimulado a ello los numerosos lectores furtivos de los originales, conservados a pesar de sus repetidas prisiones y destierros, por mi compañero de partido Carlos Manuel Cox. Son aquellos lectores quienes me han pedido revisar estos capítulos y me los han reenviado de Chile con tal fin. Salvo el prólogo polémico que servía de mascota de proa para responder a los ataques de Mella y algunas líneas beligerantes e inactuales del segundo capítulo, todo ha sido rigurosamente mantenido de los originales. Como fueron concebidas y redactadas, en el ambiente ya descrito, van estas páginas a poder de la Editorial Ercilla, de Santiago, cuya excelente labor cultural es innecesario encomiar.

Faltan, sí, y esto debo advertirlo, muchas de las anotaciones y referencias bibliográficas que acompañaban primitivamente a los originales. Algunas de las numerosas hojas sueltas en que figuraban acotaciones y citas se han extraviado. Por eso he debido agregar ahora varias notas que, en dos o tres casos, corresponden a libros publicados después de 1928. Pero sepa el lector que no me ha sido posible hacer otra cosa. Desde noviembre de 1934 vivo en el Perú bajo la persecución más enconada. Los sicarios del general Óscar Benavides —el tirano limeño, a quien ya perfiló en un libro vigoroso el egregio precursor del Perú nuevo, don Manuel González Prada7 saquearon recientemente mi modesta biblioteca y archivos, destrozándolo y quemándolo todo. No perdonaron ni los innumerables apuntes que constituían un abundante material de trabajo acumulado en largos años de esfuerzos. Entre aquellos papeles, había mucho de lo que este libro debía llevar en citas y datos al pie de cada página. Pero como obra de lucha que es, los blancos y vacíos que pueda acusar no son sino rastros mudos del paso brutal de la barbarie.

***


Y antes de cerrar esta nota, creo necesario “sumarizar” algunos puntos de vista del aprismo que considero esenciales para una buena inteligencia de su ideología. Tomo de base para estos sucintos párrafos de introducción algunas de las ideas enunciadas en un artículo que escribí desde Berlín en 1930 para la revista Atenea, de Concepción, Chile, cuyo texto forma el capítulo central de mi libro Teoría y táctica del aprismo8.

Económicamente, Indoamérica es una dependencia del sistema capitalista mundial —parte o provincia del imperio universal del capitalismo financiero—, cuyos centros de comando se hallan en los países más avanzados de Europa, en Estados Unidos y ahora, también, en Japón. Los continentes y pueblos de vida incipientemente desarrollada —backward peoples, según la gráfica expresión inglesa— forman las llamadas “zonas de influencia” del gran capitalismo que, en su etapa culminante de evolución, se expande y rebosa, conquista e “imperializa” al resto del mundo. Y aunque en todas las zonas de influencia existe más o menos aguda competencia de capitalismos —lucha por el predominio de la captura de mercados y contralor y usufructo de las fuentes de materias primas—, es evidente que por convenios expresos, por conquista y colonización, o como resultado de largos procesos de tenaz concurrencia, en cada zona prevalece una bandera capitalista. Es así cómo a pesar del enunciado teórico y “generalizante” que nos afirma que el capitalismo constituye una internacional, la realidad nos enseña que su imperio se halla dividido aún en poderosos grupos rivales, bien definidos cada cual bajo los colores simbólicos de una oriflama patriótica.

Alguna vez creo haber anotado que las dos formas o modalidades históricas del imperialismo tienen alegorías ilustres en sendas concepciones geniales del teatro inglés: en César y Cleopatra, de Bernard Shaw, y en El mercader de Venecia, de William Shakespeare. Shaw nos presenta al tipo del imperialismo clásico que conquista con el hierro y explota por el oro, cuando César vencedor del Egipto decadente declara sin ambages al faraón niño y a los cortesanos pávidos que necesita some money. La otra forma imperialista, más novedosa y sagaz, que no usa las armas como instrumento previo de dominio, sino que invierte, presta dinero, para exigir después en el cumplimiento de un contrato la carne misma del deudor, halla su símbolo en la vieja figura de Shylock, creación inmortal de aquella shakespeariana “voz de la naturaleza” de infinitos ecos... Ambas formas históri-cas del imperialismo, muy antigua y muy moderna, subsisten hoy: la que manda inicialmente a los soldados para después exigir el botín y la que lo negocia con antelación en inversiones, préstamos, ayudas económicas de apariencia más o menos generosa, para enviar más tarde a los soldados si el forzado deudor no cumple. Aquella ha sido más frecuentemente empleada por los grandes Estados europeos en la estructuración de sus imperios coloniales. Esta, característicamente yanqui, es usada también en zonas militarmente inaccesibles, por los imperialismos del Viejo Mundo.

El tipo de imperialismo a lo Shylock predomina en Indoamérica. Campo prístino de la penetración capitalista inglesa, bajo cuya protección se produjo la revolución emancipadora del siglo XIX, fue más tarde, y es aún, campo de batalla de grandes competencias imperialistas, en las que el dólar lucha frente a la libra, dominando mercados, conquistando concesiones, prodigando empréstitos y subastando gobernantes. Desde el punto de vista estrictamente económico, los dos imperialismos anglosajones dominantes en nuestros pueblos han llegado a contrapesarse, reconociéndose mutuamente sus respectivas zonas de preponderancia. Pero en virtud de condiciones objetivas más favorables y de la elástica interpretación de la doctrina de Monroe, el imperialismo yanqui mantiene en la mayoría de los Estados indoamericanos indiscutida supremacía y prevalencia. Por eso, la ostentosa autonomía de nuestras Repúblicas es solo aparente. Súbditas económicas de los grandes imperialismos, son ellos los que controlan nuestra producción, cotizan nuestra moneda, imponen precios a nuestros productos, regentan nuestras finanzas, racionalizan nuestro trabajo y regulan nuestras tablas de salarios. Y son los intereses de “sus” empresas y el provecho y prosperidad de “su” sistema lo que fijamente les “obsede”. Los beneficios que nuestros pueblos reciben dentro del engranaje de esas omnipotentes organizaciones económicas quedan en segundo plano. Y como quien gobierna la economía gobierna la política, el imperialismo que controla el sistema sanguíneo de nuestras colectividades nacionales domina, también, directa o indirectamente, su sistema nervioso. El Estado, expresión jurídica de su ilusoria soberanía, subsiste bajo la égida de los poderes extranjeros que guardan las llaves de sus arcas. La acción económica del imperialismo se proyecta sobre el campo social como el supremo “determinador” de la vida política de los veinte pueblos en que se divide nuestra gran nación.



Empero, vale no olvidar que el sistema capitalista del que el imperialismo es máxima expresión de plenitud, representa un modo de producción y un grado de organización económicos superiores a todos los que el mundo ha conocido anteriormente y que, por tanto, la forma capitalista es paso necesario, periodo inevitable en el proceso de la civilización contemporánea. No ha de ser un sistema eterno —porque lleva en sí mismo contradicciones esenciales entre sus métodos antitéticos de producción y apropiación—, pero tampoco puede faltar en la completa evolución de alguna sociedad moderna. Consecuentemente, para que el capitalismo sea negado, abolido, superado, debe existir, madurar y envejecer con mayor o menor aceleración, pero su presencia no puede suprimirse del actual cuadro histórico del desenvolvimiento humano. Las estupendas conquistas que sobre la naturaleza han conseguido la ciencia, los descubrimientos y la técnica al servicio del gran industrialismo y la obra emancipadora que está llamada a realizar la fuerza social que su sistema plasma y organiza —el proletariado— son los legados de la era capitalista. Con ellos y por ellos deberá alcanzarse la estructuración de un nuevo orden económico.

Ahora bien, cuando el capitalismo tramonta, es que se extiende y desplaza; deviene imperialista. Emigra, vuela lejos como el polen de ciertas plantas en flor y se asienta y germina donde halla condiciones favorables para prosperar. Es por eso que sí, según la tesis neomarxista, “el imperialismo es la última etapa del capitalismo”9, esta afirmación no puede aplicarse a todas las regiones de la Tierra. En efecto, es “la última etapa”, pero solo para los países industrializados que han cumplido todo el proceso de la negación y sucesión de las etapas anteriores. Mas para los países de economía primitiva o retrasada a los que el capitalismo llega bajo la forma imperialista, esta es “su primera etapa”10. Ella se inicia en peculiarísimas características, las industrias que establece el imperialismo en las zonas nuevas no son casi nunca manufactureras, sino extractivas de materia prima o medio elaboradas, subsidiarias y subalternas de la gran industria de los países más desarrollados. Porque no son las necesidades de los grupos sociales que habitan y trabajan en las regiones donde aquellas se implantan las que determinan su establecimiento: son las necesidades del capitalismo imperialista las que prevalecen y hegemonizan. La “primera etapa del capitalismo” en los pueblos “imperializados” no construye la máquina ni siquiera forja el acero o fabrica sus instrumentos menores de producción. La máquina llega hecha y la manufactura es siempre importada. El mercado que la absorbe es también una de las conquistas del imperialismo y los esfuerzos de este tenderán persistentemente a cerrar el paso a toda competencia por la “trustificación” del comercio. Así es cómo al industrializarse, los países de economía retardada viven una primera etapa de desenvolvimiento lento e incompleto.

Tenemos, pues, planteado en Indoamérica un problema esencial que, siendo básicamente económico, es social y es político: la dominación de nuestros pueblos por el imperialismo extranjero y la necesidad de emanciparlos de ese yugo sin comprometer su evolución ni retardar su progreso. Ante todo, vale examinar una cuestión primaria e ineludible: si el capitalismo bajo su forma imperialista es la causa de nuestro sometimiento económico, ¿debemos librarnos de él destruyéndolo, abatiéndolo, para ganar así nuestra libertad? Quien responda negando rotunda y simplemente, dejará las cosas como están. Pero quien conteste, afirmando también rotunda y simplistamente, implicará que Indoamérica puede suprimir una etapa de la historia económica del mundo, la cual, como hemos visto, no puede pasarse por alto. Además, la abolición del sistema capitalista, de acuerdo con los postulados del marxismo, debe ser realizada “por el proletariado que se apodera del Estado y transforma desde luego los medios de producción en propiedad de este”11. Pero la existencia de ese proletariado, clasistamente definido y políticamente consciente de su misión histórica, supone un periodo más o menos largo de producción capitalista que, “transformando progresivamente en proletarios a la gran mayoría de la población, crea la fuerza que bajo pena de muerte está obligada a realizar esa revolución”12. Fácil es inferir que la abolición radical del sistema capitalista no puede cumplirse sino donde el capitalismo ha llegado al punto cenital de su curva, vale decir, en los grandes países que marchan a la vanguardia de la industria mundial, cuyas bien contexturadas clases proletarias deben realizar la trascendente tarea transformadora que el marxismo les señala. No ha de ser, pues, en los países coloniales o semicoloniales, que recién viven su primera o sus primeras etapas capitalistas, donde el capitalismo pueda ser destruido. En ellos, la clase proletaria llamada a dirigir esta revolución está todavía muy joven, como joven es el industrialismo que determina su existencia. Nuestros proletarios pueden ser descritos con las palabras con que Engels alude al proletariado francés de principios del siglo XIX: “que apenas comenzaba a diferenciarse de las masas no poseedoras como tronco de una nueva clase”, porque “el proletariado, aun enteramente inepto para una acción política independiente, se presenta como un Estado de la nación oprimida y sufrida, incapaz de ayudarse a sí mismo y que, a lo sumo, podía recibir auxilio de arriba, de lo alto”13.

El caso de la Revolución bolchevique que podría aducirse como una prueba en contrario a la tesis marxista —dado el no completo desarrollo industrial de Rusia al tiempo de su violenta transición de un régimen autocrático a la dictadura del proletariado— es, si se analiza bien, prueba en favor. Rusia desde hacía dos siglos era ya gran potencia europea, vasto y poderoso conglomerado nacional. Su intervención en la política exterior se había producido “con el poder macizo que caracteriza a lo sólido”, citando las palabras exactas de Hegel14. Su “abrumadora influencia ha tomado por sorpresa a Europa en varias épocas, ha estremecido a los pueblos occidentales y ha sido aceptada como una fatalidad o resistida solo por compulsión”, según observa Marx agudamente, quien anotaba además que Rusia representa “el único ejemplo en la historia de un inmenso imperio cuya misma existencia como poder, después de haber realizado acciones de repercusión mundial, ha sido considerada siempre como una cuestión de fe antes que como una cuestión de hecho...”15. Pero Rusia había devenido ya un “coloso”16. Su excepcional situación geográfica —que abraza a dos continentes y que abarca el más vasto, uno de los más ricos y sí el más invulnerable territorio del mundo— ha sido y es el mejor escenario de su singular proceso histórico. Mas a pesar de su categoría de gran nación europea, de contar con un millón doscientos mil obreros industriales y con más de veinticinco mil usinas y fábricas en 191717, no ha conseguido abolir el sistema capitalista en Europa ni dentro del país mismo. Por eso quizá, el socialismo ruso deba considerarse “más como una cuestión de fe que como una cuestión de hecho”. Rusia será socialista: no lo es todavía. Su sistema actual consiste en una supercentralizada y típica forma de capitalismo de Estado —trust gigante, monopolio único—, que ha de perdurar hasta que la completa industrialización de aquel país se cumpla. El imperialismo —que en Rusia asumía características especialísimas de mero desplazamiento del mismo tipo de industria manufacturera europea— ha sido abatido; y he ahí su indiscutible victoria. Pero, desde el punto de vista de las relaciones internacionales económicas y políticas, el Estado soviético se halla obligado a convivir con el mundo social que creyó derribar formando parte del engranaje capitalista que proclama suprimir. Rusia espera para poder construir el verdadero socialismo que —en el exterior— advenga lo que sus líderes anunciaron como inminente hace más de tres lustros ya: la revolución social en los países bases del sistema capitalista por obra de sus proletariados compactos y cultos, y —en el interior— la realización de sus planes admirables de rápida industrialización nacional. Mientras tanto, el sistema capitalista subsiste en el mundo y amenazaría peligrosamente a la misma Rusia si esta no hubiera mantenido hasta hoy sus seculares y excepcionalísimas condiciones de gran potencia inexpugnable: inmensa extensión, numerosa población, vigorosa unidad nacional, prepotente poderío militar, gobierno centralizado y férreo, e inagotables y completas reservas de recursos naturales.

¿Cuál, entonces, es el camino realista para la solución del complejo problema que plantea a Indoamérica su progresivo sometimiento al imperialismo? Si imperialismo es capitalismo y si este no puede ser abolido sino por una calificada y enérgica clase proletaria industrial, de la que carecemos todavía, ¿debemos esperar que los proletarios bien estructurados y cultos de los países imperialistas nos liberten del sistema opresor? O ¿aguardaremos que en nuestros pueblos se produzca la evolución de la conciencia proletaria determinada por una prodigiosa intensificación industrial —capaz de atraer hasta nuestras latitudes los ejes mayores del capitalismo—, a fin de que pueda producirse aquí la quiebra total de su sistema? Si lo primero, deberíamos resignarnos a espectar el triunfo de la revolución socialista en Europa y Norteamérica, para salir así de la tutela rigurosa del imperialismo y entrar en la idílica y paternal del nuevo régimen. Y si lo segundo, habría que propugnar por la aceleración de la penetración imperialista a fin de industrializarnos en grande —comenzando por explotar hierro, forjar acero y construir máquinas—, para lograr así la formación de una auténtica clase proletaria que adquiera prontamente la conciencia y la capacidad plenas de su eminente rol libertador. Ambas soluciones, sin embargo, resultan hipótesis lejanas. El aprismo sitúa el problema en térmi-nos más concretos, más realistas: si Indoamérica vive aún las primeras etapas del industrialismo que debe continuar necesariamente su proceso; si no tenemos aún definitivamente formada la clase proletaria que impondría un nuevo orden social y si debemos libertarnos de la dominación subyugante del imperialismo, ¿por qué no construir en nuestra propia realidad “tal cual ella es” las bases de una nueva organización económica y política que cumpla la tarea educadora y constructiva del industrialismo, liberada de sus aspectos cruentos de explotación humana y de sujeción nacional? Quienes se colocan en los puntos extremos de la alternativa política contemporánea —comunismo o fascismo—, olvidan la dialéctica marxista y consideran imposible un camino de síntesis. Y olvidan algo, no menos importante: que tanto el comunismo como el fascismo son fenómenos específicamente europeos, ideologías y movimientos determinados por una realidad social cuyo grado de evolución económica está muy lejos de la nuestra.



Ya Engels escribía en su Anti-Duhring: “Quien quisiera subordinar a las mismas leyes la economía política de la Tierra del Fuego y la de Inglaterra actual, evidentemente no produciría sino lugares comunes de la mayor vulgaridad”, porque “la economía política es, fundamentalmente, una ciencia histórica [eine historische Wissenschaft]; su materia es histórica, perpetuamente sometida al mudar de la producción y del cambio”18. Pues bien, entre la Tierra del Fuego e Inglaterra no solo existen abismales diferencias en las formas de producción y cambio. Hay más: hay dos meridianos de civilización y un extenso continente que ofrece, entre esos dos puntos extremos, diversos grados de evolución, a los que corresponden leyes particulares que debe descubrir y aplicar la economía política. Y no solo “producirá lugares comunes de la mayor vulgaridad” quien pretenda sujetar a las mismas leyes las realidades económico-sociales de la Tierra del Fuego y de Inglaterra, sino también quien intente identificar las leyes de esta con las de cualquiera de los veinte Estados que quedan inmediatamente al norte de la Tierra del Fuego. Ese es justamente el punto fundamental del aprismo en su análisis y estimativa de la realidad indoamericana. Saber que entre la Tierra del Fuego —parte de Indoamérica— e Inglaterra —parte de Europa— hay una serie de fases de la producción y del cambio que hace utópico todo intento de aplicación de las mismas leyes económicas y sociales de esas dos zonas del mundo. Reconocer que la relación de Espacio y Tiempo para apreciar esas fases o grados de evoluciones es imperativa. Y admitir que siendo las realidades diversas, diversos han de ser sus problemas y, por ende, las soluciones. En síntesis, ubicar nuestro problema económico, social y político en su propio escenario y no pedir de encargo para resolverlo, doctrinas o recetas europeas como quien adquiere una máquina o un traje... No reincidir en la palabrería demagógica de nuestros comunistas y fascistas criollos que solo traducen hasta hoy “lugares comunes de la mayor vulgaridad”.

En el transcurso de los últimos siete años, desde que este libro fue escrito, la presión del imperialismo —yanqui o británico— no ha decrecido en Indoamérica. La crisis capitalista, iniciada a fines de 1929, la ha agudizado más bien. Nuestras incipientes economías semicoloniales han resistido buena parte de uno de los más tensos y peligrosos periodos de desquiciamiento de las finanzas imperialistas. Hasta nosotros se han proyectado fenóme-nos insólitos como el del paro forzoso. Pero esta “crisis pletórica” —para usar la certera y avizora calificación del viejo Fourier— nos deja claras enseñanzas confirmatorias de las tesis apristas: el carácter dual de nuestra economía que el imperialismo escinde en dos intensidades, dos ritmos, dos modos de producción —la nacional retrasada y la imperialista acelerada—, y la fundamental diferencia entre nuestra “primera etapa capitalista”, importada por el imperialismo, y “la última etapa” que comienzan a confrontar los países de más avanzada economía. Porque vivimos esa “primera etapa” y porque subsiste aún en Indoamérica el modo de producción propio, el atrasado y lento de nuestra feudalidad, hemos resistido a la última crisis con aparentes ventajas. La hemos soportado unilateral y parcialmente como unilateral y parcial es el sistema capitalista que el imperialismo ha yuxtapuesto sobre nuestra economía retardataria. Pero esta aleccionadora experiencia, que podría llevar a algún reaccionario a la conclusión ilógica de que más vale quedar como estamos para no sufrir los riesgos de las crisis, no es sino como el indeseable privilegio de quien no sufre los efectos de un golpe en un miembro paralizado de su cuerpo. La crisis ha esclarecido así que una gran parte de nuestra economía está desconectada de la producción y cambio que el imperialismo hipertrofia y “artificializa” en nuestros países. Pero ha probado, también, que aquella economía rezagada y propia es nuestra verdadera base de resistencia. Vincularla a un nuevo sistema que la modernice e impulse y libertarla de la presión imperialista que la inmoviliza por asfixia, es para Indoamérica necesidad vital.

En Estados Unidos la crisis determinó la derrota del Partido Republicano. Con el advenimiento al poder de los hombres del Partido Demócrata insurgió un nuevo lema, muy apropiado a las difíciles circunstancias de la época: “la política del buen vecino”. Como el curso de la historia no depende de la buena voluntad de un hombre o de un grupo, cuando incontrolables leyes económicas rigen su destino, la nueva política gubernamental estadounidense es transitoria y precaria. Es solo “una política”. Ella nos libra por ahora de intervenciones, bombardeos, desembarcos de marinos y demás formas hostiles de agresivo tutelaje, pero eso no tiene nada que ver con el imperialismo como fenómeno económico. Precisa, pues, repetir que el problema esencial de Indoamérica está en pie, urgiendo soluciones constructivas y eficientes. Nuestros pueblos deben emanciparse del imperialismo, cualquiera que sea su bandera. Deben unirse, transformando sus actuales fronteras en meros límites administrativos y deben nacionalizar progresivamente su riqueza bajo un nuevo tipo de Estado. Las tres clases oprimidas por el imperialismo —nuestro joven proletariado industrial, nuestro vasto e ignaro campesinado y nuestras empobrecidas clases medias— constituirán las fuerzas sociales normativas de ese Estado. Él no será ya instrumento del imperialismo, sino defensor de las clases que representa, vale decir, de las grandes mayorías de la población indoamericana. Así, la industrialización científicamente organizada seguirá su proceso civilizador. Tomaremos de los países de más alta economía y cultura lo que requieran nuestro desarrollo material y el engrandecimiento de nuestra vida espiritual. Negociaremos con ellos no como súbditos, sino como iguales. Sabiendo que ellos necesitan de nosotros tanto como nosotros de ellos, las leyes del intercambio deben cumplirse equilibradamente. Si la presión imperialista vence a nuestra resistencia nacional, el equilibrio que resulte no será el de la convivencia libre y justa: será el falso e intolerable equilibrio de hoy. Pero si nuestra resistencia detiene la presión del imperialismo —en economía como en física parecen gobernar los mismos enunciados —, habremos salvado el equilibrio de la justicia. Crear la resistencia antiimperialista indoamericana y organizarla políticamente para garantía de nuestra independencia y seguro de nuestro progreso, es la misión histórica de estos veinte pueblos hermanos. Señalar realistamente el camino y dar los primeros pasos es la tarea histórica del APRA.

Incahuasi, Perú, 25 de diciembre de 1935.

Víctor Raúl Haya de la Torre




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