Las falsificaciones en la historia. Una visión pesimista de los usos de la historia



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Las falsificaciones en la historia. Una visión pesimista de los usos de la historia

David Seiz Rodrigo

Doctor en Historia. Profesor de Geografía e Historia

IES Pintor Antonio López de Tres Cantos
La capacidad del ser humano para construir escenarios ideológicos, simbólicos y relatos que los justifiquen son el propio fundamento de la Historia. Hay quienes consideraron desde una perspectiva positivista que la Historia está basada en hechos contrastados por la evidencia de las fuentes y por lo tanto ajena completamente a más desviación o error que las limitaciones que imponen la falta de datos o la confusión de los mismos. Para otros, sin embargo, la Historia es un relato que desde una subjetividad determinada busca razones en el pasado para justificarse. Para ello eligen en primer lugar los hechos que convienen ser relatados – encuadran unas realidades históricas u otras - y en segundo, eligen las fuentes que mejor se acomodan a su propósito. En Historia son tantas las desviaciones posibles, que no en vano para muchos autores la disciplina carecería de rigor científico y le correspondería un lugar más cercano a la narrativa, sin duda – al menos en sus mejores producciones – con una grado importante de verosimilitud.

Afirmar tal cosa suele despertar en nuestra alma profesional de historiadores todo tipo de fantasmas y reacciones de profunda incomodidad. Ciertamente los historiadores buscamos con rigor justificación constatable a nuestras afirmaciones, tratamos de establecer racionales y lógicas hipótesis donde no alcanzan los datos basándonos para ello en modelos equiparables. Eludimos, en lo posible, los pecados del presentismo y explicamos los hechos del pasado dentro de los marcos sociales, ideológicos o políticos del mismo pasado. Como garantía final y en último término, sometemos a la opinión de nuestros colegas el resultado de nuestros trabajos para, con mejor o peor disposición, aceptar los errores que puedan atribuírsenos y mejorar, paso a paso nuestro conocimiento sobre la evolución de las sociedades humanas. Por lo tanto, seguimos, con las particularidades del conocimiento social, un método racional y científico que evidentemente mantiene notables diferencias en la capacidad de prueba, reducción a leyes generales o posibilidades del análisis matemático, respecto a otros saberes sin que esta diferencia permita motejar a la Historia de disciplina acientífica.

Dicho todo esto y reconociendo que tales disquisiciones son una elucubración común a todas las Ciencias Sociales, conviene plantearnos que más allá de nuestras preocupaciones disciplinares, la Historia – suponemos que por ventura - no sólo nos pertenece a los historiadores. Para los seres humanos la Historia ha tenido siempre una evidente importancia social y ha servido a las comunidades humanas en muy diversos planos. Ha justificado legitimidades, ha creado relatos reconocibles para la comunidad, ha recogido el pasado como ejemplo para el presente o para animar en su emulación, nos ha definido como sujetos colectivos.

Aunque normalmente nos referimos a la Historia como disciplina común hay quienes como Friedrich Nietszche han distinguido entre diferentes tipos de Historia, previniendo, tal y como hizo éste, sobre los abusos de la misma. Para Nietzsche había una historia monumental, una historia anticuaria y una historia crítica. La Historia Anticuaria, se serviría de una suerte de admiración por el pasado que anima a su conocimiento y su estudio. Una Historia que más allá de la erudición con la que se cultiva, dota a quien la hace suya de un prestigio cultural que desde hace dos siglos ha servido como símbolo de estatus social e intelectual. En segundo lugar Nietzsche nos habla de una historia Monumental, esa historia de hazañas y hechos notables que animan a la acción y que tan presente ha estado siempre en las Historias Nacionales, tratando de reforzar los vínculos de comunidad construyendo una memoria común, “lugares de la memoria” – hechos, lugares, hitos- que refuerzan la identidad y estimulan el patriotismo. Por último Nietsche sospechaba del pasado y su recreación y planteaba la necesidad de poner en cuestión el pasado a través de la Historia Crítica; hoy en día la Historia Crítica ejerce su oficio problematizando un pasado que cobra sentido en el análisis del “desorden del presente”. La Historia como desastre no deja de evidenciar la posibilidad del cambio histórico y de este modo alumbra la aspiración de transformaciones sociales o políticas diversas.

Más allá de la crítica histórica del historiador alemán, el final del siglo XX nos ha llevado a nuevas historias, mínimas o anecdóticas y alejadas de los grandes relatos del siglo anterior. La Microhistoria ha otorgado valor a pequeños hechos que sirven para entender el pasado desde perspectivas más amplias, llama también la atención sobre pequeños grupos, y nos permite hacer historias alejadas de las grandes construcciones históricas, naciones, sistemas políticos o económicas y de paso encarecer la pequeña historia de comunidades menores o subsidiarias.

Todas las historias han participado en diferente medida para reflexionar sobre el presente, desde la erudición y la distinción cultural, pasando por la construcción de identidades y sobre la naturaleza conflictiva del pasado y del presente. Sobre estos análisis han surgido todo un catálogo de historias que son las que contemplamos en los anaqueles de las bibliotecas o las librerías especializadas: la Historia Social, la Económica, la Política, la Historia de las Mujeres, la Historia de España o la Historia del Mundo, la de las Relaciones Internacionales, la del Ferrocarril y la del Automóvil, la Historia de Madrid o la de tu pueblo, la Historia del Arte. Una larga categoría histórica que por lo general suele ser el modo más utilizado para definir especialidades y saberes históricos.

La Historia nos ayuda a dar sentido a nuestras identidades, individuales o colectivas, refuerza nuestro orgullo de “ser” o limenta nuestro doliente sino. La Historia ha edificado memorias colectivas y, aunque nos esforcemos en distinguir memoria e historia, la vinculación entre una y otra es difícil de sortear por más que devaluemos la primera por su emotividad y subjetividad y valoremos la segunda por su cientificidad. Desde perspectivas quizás más superficiales, la Historia también alimenta nuestra curiosidad, nos anima a empatizar con otras épocas y con nuestros antepasados, nos ayuda a entender el presente, haciendo largas genealogías de sociedades, ideas o incluso objetos “la Historia de las cosas”. Incluso nos permite jugar con el deseo humano de sentirse en otros espacios y tiempos, de ser diferentes, de dar alas a nuestras ensoñaciones. Una parte lúdica que no conviene perder de vista y que ha alimentado el gusto por la novela histórica, las series y las películas históricas que gozan de un amplio reconocimiento social.

En términos estrictamente científicos – y sin querer hacer de esto una categoría - podríamos hablar de “buenas” y “malas” historias. De historias mal escritas, mal fundamentadas, irracionalmente construidas, plagadas de errores y falsedades dolosas o fruto de la ignorancia o el error. Historias malintencionadas, historias erradas, historias irrelevantes o absurdas. De historias originales e ingeniosas que dan lugar a nuevas perspectivas o arrojan luz sobre aspectos hasta entonces desconocidos y de historias que se separan de lo demostrado y avanzan desacomplejadas por la presunción, la tergiversación o la mala comprensión de los hechos. También de buenos historiadores y regulares, de quienes dejan que las lecturas y las fuentes maticen sus presupuestos y quienes son incapaces de escapar a un presupuesto bien construido por más que los hechos y las fuentes lo nieguen. También de quienes ven la historia como la definitiva explicación de cualquier hecho presente y buscan raíces históricas remotas en sucesos que se explican desde perspectivas más recientes. Historias que justifican e historias que tratan de explicar o de entender. Historias que se excusan en el pasado e historias que tratan de entender el presente mirando al pasado. Las diferencias son sutiles pero los resultados como intentamos demostrar son muy diferentes.

Quizás la narrativa haya sido la maldición de la Historia. Ciertamente la narración ha hecho de la Historia una disciplina amable, fácilmente adaptable a un público amplio sin perder a veces más que la erudición de las notas o la sobreabundancia de referencias. La Historia nos acompaña desde la infancia, en la escuela y en los medios, documentales, museos, viajes más o menos ilustrados y años de historia escolar parecen dotarnos a todos para entender los fundamentos de la Historia. Sin embargo, esa aparente facilidad narrativa, no exenta a veces de pasión, oculta toda una serie de trampas. Los relatos adornados y bellos propician inexactitudes, errores de bulto y consideraciones sin ninguna base lógica. A la postre, las dificultades para enmendar errores fuera de la academia, considerados de manera universal como verdades, se perpetúan en el tiempo. Como ocurre en otras ciencias, a menudo es más complejo corregir un error que afirmar algo cierto. Así la History pasa con facilidad a Story, de la Historia –disciplina – fluimos con facilidad a la historia relato y de aquí el paso al cuento es muy sencillo. De este modo la Historia, alimenta relatos míticos y, vasta como es, ofrece en muchas ocasiones ejemplos y contraejemplos capaces de demostrar lo uno y lo contrario. La grandeza o la vileza de un pasado rememorado, las hazañas y las vergonzantes derrotas o los horrendos crímenes del pasado acaban por definir los estados de ánimo del presente o el carácter del que quiere adornarse a una sociedad en un momento determinado.

A partir de esa memoria selectiva sobre el pasado, la Historia sirve de arma arrojadiza entre comunidades que se recrean en una narrativa histórica complaciente, justificando el presente a través del pasado o reforzando identidades sobre sucesos de hace siglos que hasta ayer permanecían olvidados y a los que el relato dota de un sentido trascendente. Esa trascendencia, poco menos que religiosa, nos recuerda que el siglo de la Historia – el XIX – fue el siglo de los Nacionalismos y que no es casual que fueran aquellos gobiernos empeñados en hacer ciudadanos y patriotas los más interesados en pasar de las antiguas historias sagradas a las modernas historias nacionales.

Ante tales urgencias, la precisión de términos que toda Historia precisa, la adecuada relación entre las diferentes estructuras, sociales, políticas o ideológicas del pasado, sale perjudicada de la necesidad de relatos emocionantes que muevan a las comunidades a finalidades trascendentes y eternas. La mayor parte de las falsificaciones de la historia son – aparte de fruto de la intencionalidad-, hijas de la simplificación y de la emoción, de la trascendencia y la continuidad en el tiempo de conceptos que tienen una historicidad muy marcada y a los que corresponden cronologías y tiempos menos extensos que los pretendidos. Quien agita una bandera como el resultado de un relato histórico termina por buscar justificaciones en el pasado a un relato que es prexistente a cualquier explicación histórica y lo explica casi por completo.

Si la Historia fuera siempre tan científica como debiera y como los historiadores pretendemos, si la historia no hubiera salida jamás de la academia y se empeñara en dilucidar el pasado con esa carga de prueba, de inferencia y de hipótesis en la que tanto nos gusta reconocernos, ¿tendría hoy la Historia la importancia que la sociedad la concede? ¿Tendría la presencia que tiene en los curriculums si trabajáramos esa historia kantiana que enseña a realizar juicios?

Nos gusta pensar a los historiadores que la Historia contribuye a organizar nuestro pensamiento, a ser críticos, a formar una ciudadanía democrática, pero ¿es así? La doliente responsabilidad de los historiadores tras la Primera Guerra Mundial nos plantea un escenario muy diferente, donde la Historia sirvió de excusa y justificación a la matanza, perdonando los abusos del presente en virtud de una mal entendida “justicia histórica”, más bien una revancha indigna que hacía pagar en el cuerpo de los herederos las culpas pretendidas de los padres o los abuelos. ¿Podemos seguir pensando en los beneficios de la historia cuando todas las Historias Nacionales – fundamento de la mayor parte de las historias escolares – están basadas en tergiversaciones más o menos flagrantes, simplificaciones fatales o en visiones estrechas y regionales de la realidad, que más que explicar confunden? ¿Podemos seguir defendiendo esta idea de Historia Crítica cuándo la Historia – y esto no ha sido una excepción, lamentablemente – ha servido de justificación a todo tipo de supremacías y ombliguimos?

Lamentablemente esta reflexión nos lleva a considerar la Historia como una disciplina que despierta sospechas morales sobre uso. Una disciplina que acuña mentalidades a través de la enseñanza de modelos y esquemas ideológicos determinados. Podríamos excusarla en que comparte con toda la enseñanza esta falta; integrar al niño en la comunidad exige un relato común que debe ser aprendido. Los mitos antiguos hablaban de héroes y dioses y los modernos de naciones, de ideologías o de formas políticas sobre las que no cabe duda alguna. Todo esto nos ofrece una imagen oscura de la Historia, convertida en maestra de la falsificación, de la impostura y como la propia memoria individual, muy sensible al autoengaño y la complacencia.

Un trabajo extenso y complejo sería hacer un catálogo de falsedades históricas comúnmente aceptadas, sin embargo ¿Dónde parar? ¿En qué centrarnos? Parece fácil detectar las falsedades de los relatos ajenos. ¿Somos tan sensibles a nuestras propias falsedades? Quizás podríamos acceder a la falsedad histórica a partir de lo que se calla en vez de los que se relata, cómo las historias han pasado de puntillas sobre quienes desenfocaban el relato principal, los heterodoxos, los que no siguen el ideario común, los que permanecen al margen voluntaria o involuntariamente. Muchas historias modernas han tratado de hacer tal cosa volviendo su mirada sobre las culturas subalternas, sobre los perseguidos y el amplio mundo del malditismo social.

Otras veces quizás fuera útil destacar la falsedad de “lo histórico” en su teatralidad, quienes se atribuyen un peso histórico antes de que cualquier historia o historiador se lo reconozca. Hoy vivimos en una permanente inflación de lo “histórico”, hay partidos históricos, contratos históricos, manifestaciones, declaraciones y hechos históricos cada semana. Todos se empeñan en arrogarse una etiqueta que terminará por arruinar por abundante cualquier síntesis cronológica. Una variante de esta deriva es quienes buscan en la Historia una jueza benévola que les absuelva de los pecados que sus contemporáneos no perdonarían, como si fuera función de la Historia certificar las virtudes o los pecados del prójimo.

¿Debería tener intencionalidad la Historia? ¿Sería útil una Historia sin intención, encerrada en la colección de datos, estadísticas y cronologías? ¿Pedimos a la Historia que nos construya un relato favorable con cierta verisimilitud para afearle a continuación su subjetividad o su falta de rigor? ¿Qué posición tenemos ya no los que hacen historia sino los que la enseñan? ¿Enseñamos a dudar de las propias certezas históricas? ¿Reforzamos la imagen de grupo? ¿Planteamos las virtudes de un régimen concreto o una organización social o económica dada para bien de nuestros alumnos? ¿Educamos personas libres con criterio o formamos revolucionarios o patriotas? (Cabe también otra posibilidad…, revolucionarios o patriotas con criterio).

La Historia, escrita sobre papel, al igual que éste, lo aguanta todo. Hay que leer mucha Historia para hacerse un criterio sobre determinados hechos, algo complicado para el común de los mortales. Podríamos intentar simplificarla entonces, empezando por romper con la maldición identitaria que la atenaza y que hace que cualquier grupo humano como los antiguos nobles, busquen en la genealogía las razones de su presente. Escapar de estas utilidades y tratar de entender procesos a escala mayor o, como se hace en términos académicos, procesos de más largo recorrido. Evitaríamos quizás así esas historias particulares que buscan complicidad para su propia génesis y entenderíamos el cuadro general. Debiéramos olvidarnos de inspirarnos en las revoluciones del pasado para alentar las revoluciones del futuro y ser más críticos con el coste individual de todos los idealismos revolucionarios convertidos en muy reales pesadillas. Podríamos incluso dejarnos llevar por esa Historia de adorno cultural, excusa para ir los domingos de exposición o hablar con los amigos, que al menos entretendría nuestro vermut en amena charla. Incluso, quizás debiéramos abandonar del todo la Historia y evitar así la maldición del que,, mirando atrás se convierte en estatua de sal, para centrarnos en cómo abordar el presente sin complicarlo con querellas históricas.

Entender finalmente que la Historia no es útil para ninguna de las cosas para las que dice ser útil. Ni evita los errores del pasado, pues seguimos matándonos entre todos, cayendo en similares fiebres comunitarias de diferente signo, actuando con la loca pretensión de que nuestras acciones no tendrán consecuencias o tendrán “consecuencias históricas”. Ni sirve para ejercitar nuestra capacidad de juicio cuando la historia se reduce a cronologías, cuadros y hechos perfectamente cerrados cuya razón es su mero conocimiento o su memorización. Ni tampoco precisa de remontarse tanto para explicar el presente: no hace falta acudir a dos mil años de distancia para entender lo que pasa hoy y si lo es en algún caso, el peso del pasado se reduce según nos alejamos del presente. Por otro lado, recordar el pasado a menudo es más ocasión para despertar viejas querellas o animar antiguos fantasmas y por ello somos muchos quienes a menudo anhelamos la desmemoria. (El papel de la desmemoria sería una interesante coda)

Puede que la falsedad principal de la Historia sea su pretendida utilidad. Más allá de los relatos mendaces, más allá de las memorias interesadas, la Historia nos demuestra la fragilidad de las memorias y lo fácil que es manipularlas. Desconfiemos de la Historia y sobre todo de las Historias con apellido, de las “Historias de….”, quizás sólo una Historia Total sirviera para cumplir con los altos propósitos que la Historia pretende. Sin embargo, es imposible llevar a cabo esa Historia Total, esa Historia Omnicomprensiva, lo que a la postre nos obliga a conformarnos con las historias parciales, más asequibles, más cómodas y que sin embargo nada aportan a la comprensión del mundo.

Quizás nos reste sólo mantener la Historia para hacer justicia a las víctimas de la misma, tal y como nos recordaba Walter Benjamin citando al Ángel de la Historia en su novena tesis. Como olvidar a los caídos y a los sacrificados, como evitar esa sensación de vacío solemne y absurdo que nos envuelve en los inmensos cementerios de la Primera Guerra Mundial. ¿Por qué y para qué todo esto? Entonces, el propio cementerio nos ofrece una solución, una “falsedad” a la que agarrarte, “Muertos por la Patria” (Por Francia, la Reina o la Fe). ¿De verdad? ¿No estamos intentando dar sentido a lo que ningún sentido tiene? ¿Serviría la Historia para, al menos, explicar cómo se llegó aquí para evitarlo? ¿De verdad lo estamos evitando?

Podríamos pensar en sólo salvar la Historia si nos permitiera vivir mejor, avanzar, mejorar respecto a nuestros antepasados. Si la Historia no contribuye a hacernos mejores, más justos, más razonables, más lógicos en nuestros juicios, más conscientes y desde luego si la historia no nos sirve para quitar importancia a lo histórico, a lo emocional, a los fervores de la tribu o del grupo, quizás convendría repasar si no nos es más perjudicial que útil.

Después de todo, puede que solo nos sirva esa Historia que todos entendemos falseada y dulce, esa historia donde los Tudor, los Trastámara o los Logbruck, actúan con reconocibles vicios y virtudes humanas en alambicadas reconstrucciones históricas. También podríamos construirnos nuestros propios y reconocidamente falsos relatos históricos, prescindiendo por completo de la Historia; del Señor de los Anillos a Juego de Tronos, pasando por la Guerra de las Galaxias ¿Qué mejor Historia que la que nunca lo fue y sobre la que no caben dudas de veracidad ni posibilidad e engaño? Al final lograríamos algunas de las enseñanzas morales que prentendemos en la historia sin la carga de las identidades y el trabajo de tener que demostrarlo todo de manera científica.

Y, sin embargo, necesitamos de la Historia, de la Historia contrastada, sometida a constante revisión y a constante acopia de fuentes, necesitamos recordar los errores del pasado, a pesar que no nos prevengan del todo de los del futuro; necesitamos comprobar que el presente no es tan original, que los juegos de poder han sido siempre los mismos. Necesitamos comprender cómo funcionan las sociedades, cómo se elevan y caen los imperios. Precisamos saber que la Historia puede cambiarse y que a pesar de los pesares nunca se repite aunque se repitan algunos factores más por humanos que por históricos. Creemos que necesitamos estimular ese pensamiento crítico, esa llamada constante a la sospecha y prevenir a nuestros conciudadanos de los discursos perfectos, de los discursos salvíficos, de las grandes certezas y de los universales acuerdos. Debemos enseñar a estar vigilantes y creo que la Historia nos puede servir para esto, por más que los perversos usos de la Historia, vuelvan una y otra vez y ocupen espacios públicos importantes. Tendremos que tomarnos el trabajo de hacer una buena Historia para al menos sostener un baluarte frente a los cuentos y aprender a distinguirlos.



Para saber más:

Juan Sisinio Pérez Garzón (2002). Usos y abusos de la Historia. Gerónimo de Uzmriz, núm. 17/ 1 8 , 2002, pp . 11-24

Enrique Moradiellos (2008). El oficio de Historiador (5º Edición). Siglo XXI

Reyes Mate (2008). La herencia del olvido. Errata Naturae

Reyes Mate (2009). Medianoche en la Historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de historia”. Trotta.

Friedrich Nietzsche (2000) Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida. EDAF



Carlo M. Cipolla (2012) Allegro ma non troppo. Planeta


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